Mañana del lunes 22:

–¡Hay un perrito en el cantero! –

–¿Dónde?

–En la entrada de carga.

–Parece herido. Tiene sangre.

–Está temblando.

–¿Morderá?

–Vamos a darle agua a ver si se puede mover.

–¿Qué hacemos?

La gente de seguridad estaba toda movilizada. Recursos Humanos intervino. Toda una empresa –¡qué lindo!– preocupada por un perrito de la calle que apareció en la entrada. Se llamó a clínicas veterinarias, profesionales del área, organismos públicos… nadie se ocupa de recoger bichitos heridos que están en la vía pública. El único caso en que intervienen es si el animal representa un peligro para la seguridad de la gente, pero ¿y la seguridad del propio animal herido? Pues a los organismos públicos no les interesa, se lo puede dejar morir ahí o sacarlo de la puerta y que se muera en otro lado. Ahí se llama al departamento de remoción que solo se ocupa de recoger a los que no están más vivos.

Pero la solidaridad humana es más fuerte. Una persona habla con otra que, a su vez, habla con otra y alguien lleva a César (que no es Millán, pero podría serlo). En menos de un minuto, establece contacto visual con el animalito –que no es él, sino ella–, se acerca por delante, nunca por detrás ni por arriba, ofrece una mano para que la huela y otra con mortadela para conquistar primero el estómago y luego la confianza de quien está herida y muerta de miedo. Acto seguido, la perrita permite que se la empiece a acariciar y, enseguida, se deja recoger. Al levantarla, es fácil darse cuenta de que tiene una pata fracturada en el codo. Debidamente acomodada en el auto, es llevada a la clínica de un cirujano especializado, quien diagnostica la fractura, le inmoviliza la pata, le hace análisis y decide operarla un par de días después, ya más desinflamada por efecto de los remedios y un poco más tranquila después del estrés que pasó. La opinión profesional es que, probablemente, la fractura se produjo por un atropellamiento, que fue también la causa de las heridas y que debe hacer una semana –¡una semana!– que está en la calle así, sin ningún cuidado médico, con dolor y sin poder caminar bien. Pero la logística divina que, como tal, es perfecta, decidió intervenir y hacerla refugiarse en la editorial Moderna, donde la movilización por ayuda cambió su destino.

Tarde del viernes 26:

Alta médica, pata inmovilizada, remedios tomados, collar isabelino, la perrita es subida nuevamente al auto y emprende el camino rumbo a su nueva casa.

Mantuvimos en secreto el nombre con que se la bautizó: Moderna, nada más que un justo reconocimiento al lugar donde su presencia movilizó lo que tiene de más lindo el ser humano: la compasión, la solidaridad, la capacidad de actuar en conjunto en pro de quien lo necesita.

¡Gracias a toda la gente de Moderna por acoger no solo a quienes trabajan en ella, sino también a quien precisa de un refugio! ¡Gracias, Moderna, por habernos elegido como refugio!

 

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