Hoy en día existen numerosos estudios científicos que hablan sobre la enorme potencialidad de aprendizaje del cerebro de los niños y su plasticidad para aprender diferentes cosas e irse adaptando a ese “admirable mundo nuevo”, tomando simplemente prestadas las palabras de Aldous Houxley y sin hacer paralelismos.

Cuando nació mi nieta, me propuse transmitirle la lengua de las raíces de la familia, no solo por una cuestión de identidad, sino también con una finalidad práctica: darle la oportunidad de ser totalmente bilingüe, de utilizar esa enorme capacidad de aprendizaje aplicada a las lenguas, y de tener igual fluidez en español y en portugués.

Es así que, con un añito, Sofía, que apenas produce: “mamamama”, “papapapa” y recientemente “tetetete” para referirse a su flota de chupetes, recibe consignas, incentivos y, claro, mucho amor en las dos lenguas. Si le digo “vamos a ordenar la biblioteca” (que no significa precisamente ordenarla, sino más bien lo contrario), automáticamente ya viene gateando al escritorio y se pone de pie frente a los estantes de libros para sacarlos de su lugar.

Entiende por igual los códigos en ambas lenguas. Si le preguntamos “Cadê a vovó?” o “¿Dónde está la abuelita?”, gira automáticamente la cabeza buscándome.

En la cabecita de Sofía, claramente, no hay distinción de idiomas. Son simplemente expresiones que significan lo mismo, son funciones comunicativas con una misma finalidad, pero sin entender todavía que pertenecen a sistemas lingüísticos diferentes.

Debo confesar que, más allá de la felicidad que significa en mi vida, la convivencia en dos idiomas con un bebé es una experiencia única de ver el camino que va recorriendo al descubrir, sin saber de qué se trata todavía, esas dos vías que va a tener para expresarse en su vida, cada una con su música, significados y sutilezas que, creo, enriquecerán su repertorio de referencias.