El binomio citado proviene de “traduttore/traditore” que en italiano son palabras parónimas. Y sin duda, la alusión a la traición tiene cierto fondo de verdad. ¡Por suerte!

Como se sabe, hay varios tipos de traducción. Hoy voy a referirme a dos de ellos.

Está la traducción jurada (pública, oficial) en que el traductor no puede alejarse del texto original ni por asomo. El traductor jurado traduce documentos de valor jurídico, contable, administrativo: contratos, diplomas, documentos personales, actas de accionistas, balances de empresas, etc.

Pobre de él si no traduce ipsis litteris lo que consta en el original, por más absurdo que sea. Si el documento dice que fulano nació en 1945 y tiene 30 años, a lo sumo se puede poner un [sic], como señal de que hay un error evidente en el original.

La traducción jurada está sujeta a reglas, con tabla de honorarios, libros encuadernados, sellos, firma reconocida y tal, porque el traductor jurado da fe pública de lo que traduce, y actúa como una notaría.

La traducción jurada es importantísima para el comercio internacional (importación / exportación), para quienes desean estudiar en el extranjero o quieren radicarse aquí, y también para quienes mueven juicios civiles o comerciales contra alguna persona o empresa en otro país.

En la traducción jurada no se admite interpretar y si el traductor se equivoca, y se convierte en “traidor”, por cualquier motivo, aunque sea involuntario, lo pueden procesar.

Ahora bien, en la traducción literaria, la cosa cambia.

Recientemente la editorial Companhia das Letras reeditó una obra de Millôr Fernandes, The cow went to the swamp (A vaca foi pro brejo) en que el autor recoge una serie de expresiones populares brasileñas y las traduce literalmente al inglés. El resultado es hilarante puesto que las expresiones idiomáticas traducidas al pie de la letra suelen resultar ridículas y sin sentido en otro idioma.

Al traducir a otro idioma una novela, un cuento, una poesía, etc., el traductor tiene que interferir, adaptar el texto original para reflejar en la lengua de llegada la idea del autor, no sus palabras textuales.

Ya nos habrá tocado a todos leer una obra traducida en que la redacción nos parece rara, en que el texto no fluye, anda a los tropezones. Es por miedo del traductor, que para no ser acusado de traidor, meteu a perna

La traducción literaria es (debe ser) una re-creación (puse esto con guion para que no se confunda con recreación, que también lo es). Es inimaginable la satisfacción de encontrar una forma de transmitir la idea del autor en palabras de otro idioma. Para eso hay que interferir, adaptar, re-crear. Y eso transforma al traductor en cocreador.

No estoy diciendo que el traductor deba inventar y poner en boca del autor cosas que él no escribió. Pero una buena traducción literaria debe “sonar bien” para el lector, y reflejar lo más posible la idea y el estilo del autor.

Para ello, el traductor se ve obligado a “traicionar” el texto, porque tiene que elegir entre una forma u otra(s) de decirlo. En la cantidad de soluciones bien logradas ante la polisemia del texto literario, se ve la calidad de la traducción.

Nota: es imposible reproducir en otro idioma todos los sentidos y matices que un texto literario pueda tener en el idioma original. Pero la traducción –con sus tropiezos– es la única forma de difundir una obra en este mundo ancho y ajeno.