En 1988 yo tenía dieciséis años y vivía junto a la familia de mi padre, en Mendoza, Argentina. En esa época, quería, antes que nada, conocer mundo. Nada más llegar, me di cuenta de que necesitaba un boli, y curiosamente era muy difícil tener un boli a mano en la casa donde vivía con unos tíos, así que fui a la papelería a estrenar mi español, que había oído toda la vida en casa y que había estudiado durante tres años en una academia en Brasil. Pedí el boli, me atendió la dependienta y, aunque yo había hecho algún viaje previo a la Argentina y a Paraguay en compañía de mi padre, era la primera vez que me sentía, obviamente por ingenuidad, “dueño” del español, porque antes sentía que esa lengua sucedía a mi alrededor y yo, sin ninguna instrucción formal, era más víctima que agente en ese proceso, por así decir. Esta vez era distinto, venía diplomado a mis dieciséis años. Recibí el cambio y el boli en la papelería vacía, a punto de cerrar para la siesta. Y esperé que me dijeran “Gracias” para contestar “No, por nada” o una fórmula semejante, ansioso por poner a prueba mi reparto de funciones comunicativas.

Esperé, boli en mano, el saludo. Miré a la dependienta. Me miró. Estuvimos así, mirándonos en silencio un segundo de puro malestar. Silencio. Luego, “Muy bien”, me dice la dependienta. Y yo, lleno de fórmulas en la boca, no supe qué decir.

Dejé la tienda sin darme cuenta de que había hecho un enorme descubrimiento, del que en mis tres años de instrucción formal no me había dado cuenta. No en todas comunidades hispanohablantes se daban las gracias en las mismas situaciones que en la comunidad lusoparlante donde crecí, es decir, ese procedimiento interpersonal de cortesía no era universal. Después entendí que ningún procedimiento interpersonal es universal, al ver que hay pueblos en que los interlocutores se hablan desde más cerca y otros que no pueden soportar similar proximidad. Igualmente, en el plano lingüístico, preguntas aparentemente tontas no se hacen de manera similar.

Al hablar con un desconocido en la calle en Río de Janeiro, de donde vengo, se puede usar –o no– una fórmula, como “Licença” u otras palabras menos específicas para eso, como “Oi!”, “Aqui!”, o incluso “Psiu!”, para obtener la atención (attention-getter, en inglés) antes de hacer una pregunta o pedido. Y me acuerdo de una amiga carioca que, en sus primeras semanas en Lisboa, al darse cuenta de que no se habla con un desconocido en la calle sin antes usar el attention-getter, decía: “Licença” y la persona a la que quería pedir información se alejaba en vez de darle atención. Lo primero que se nos ocurre, al ser noveles en un sistema lingüístico, es “Qué groseros…”, pero le bastó con cambiar “Licença” por “Desculpe” y pasó a tener toda la atención de cada portugués al que pidió información.

En Madrid normalmente empiezan una comunicación con un extraño con la fórmula “Perdona” o alguna variante, pero el attention-getter es un elemento, tal como en Lisboa, de presencia notable. Igualmente, el interlocutor, en esas situaciones con desconocidos, en muchas comunidades hispanohablantes, de Madrid a Buenos Aires, espera un enunciado directo, normalmente preguntas directas, idénticas a las de los manuales: “¿El metro de Callao?”, “¿El teatro Gran Rex?”, donde se observa que el ‘dónde está/dónde queda’ es dispensable. Igualmente dispensables son las explicaciones referentes a la vida personal del que pregunta, porque en este tipo de interacción no son esperadas. Las fórmulas aparecen en los manuales y a veces tardamos en darnos cuenta. Anecdóticos son los casos en que brasileños explican un poco más allá de lo que se espera en interacciones momentáneas y el interlocutor se confunde, pues al romperse la expectativa de un enunciado directo ya no sabe qué desea su interlocutor y puede que se marche.

La lección que aprendí aquella tarde de Mendoza y que recuerdo cotidianamente en la interacción entre brasileños e hispanohablantes, y de hispanohablantes entre sí, es que estar atentos a esa dimensión pragmática es uno de los ingredientes fundamentales para hacernos hablantes de hecho competentes.