Brasil es el país de los extremos. Viviendo en São Paulo, en verano las lluvias inundan la ciudad llevándola al caos de congestionamiento de tránsito y pérdida de bienes, cuando no de vidas. Y mientras el agua que cae se pierde en la nada, la ciudad vive la mayor crisis hídrica de toda su historia llegando al cúmulo de haber un proyecto de racionar el agua: cada dos días con servicio, cuatro sin una gota llegando a nuestras casas.

Cuesta creer que la culpa sea de San Pedro, que el año pasado nos hizo pasar por una estación seca más seca que nunca. Cuesta creer que no se hayan hecho estudios calculando el consumo de una megalópolis (hoy en día la quinta del mundo) en crecimiento constante y no se los haya cruzado con el volumen de las reservas hídricas que la naturaleza siempre abundante del país nos había dado en abundancia.

Ahora la culpa es nuestra: gastamos demasiado, cuidamos poco. Quizás este susto nos venga bien para ser más cuidadosos: es verdad que había excesos, pero es verdad también que no se previó lo que debería haber sido previsto, que nos quedamos sin reserva para cortar. Que cada uno asuma la responsabilidad que le cabe, que cada uno haga su pequeña reserva en casa para que nunca más pasemos por esto, que cambiemos el dicho: “Agua que no has de beber… guárdala”.