Permitidme que vuelva por estos lares con un tema del que llevo tiempo queriendo hablar. Además, oportunista yo, aprovecharé que lo he padecido durante este tiempo de ausencia para hablar sobre ello de primera mano (no de me han dicho que uno dijo…).

Por diferentes motivos que no vienen al caso, he visto interrumpida mi faceta de articulista, o columnista, tanto da (disculpadme si suena pretencioso, pero no encuentro otro nombre más modesto que otorgarme). Debido a esta abrupta interrupción, he percibido la necesidad de una rutina, de un método, de tiempo, de un espacio…, llamadlo equis; la necesidad de alguno de estos elementos ─o la conjunción de todos ellos─ para escribir. Para escribir, claro está, algo que pretenda pasar por literario (de mayor o menor calidad, pero literario).

Y es que noto, no hace falta ser muy avezado, que cuando consigo sentarme a escribir con cierta regularidad, las letras fluyen y son ellas las que pulsan, delicadas, las teclas. Noto que las palabras, casi solas, se reúnen en sintagmas y estos se ordenan obedientes en pos de las deseadas oraciones como ríos que dan al mar, que es el texto. El texto idealizado; sin curvas sinuosas ni barrancos a los lados; justificado.

Pero antes que eso, la idea.

De igual forma, cuando estás metido en asuntos de letras de manera regular, los temas se agolpan y pugnan ellos solos, sin necesidad de gancho ni remolque alguno, por ser los elegidos. Cuando eso ocurre, te puedes permitir el lujo de escoger sobre qué escribir; es precisamente el tema quien se presenta ante tu teclado y solo te pide, inerme, que lo trates bien.

Y todo esto me lleva a un escritor, como diría mi hermano Raúl, cumbre. Concretamente, me lleva a una entrevista que le hicieron en su día y de la cual llamó mi atención, entre otras cosas, un dato. Decía Julio Llamazares ─escritor excelso también en mi opinión─ que él se sentaba a escribir todos los días (noches, para mayor precisión) ocho horas, le salieran o no las palabras. Que lo de escribir era un oficio y como tal se lo tomaba en cuanto a su desempeño se trataba.

Y no sé qué pensaréis vosotros, como escritores, como profesores que desarrolláis a diario vuestro intelecto, pero yo lo vivo y lo sufro así; ojalá un mundo (o un día a día, con eso me apañaría) sin ruidos, sin noticias fúnebres y sin infortunios. Sé de poetas que necesitan lo trágico para darle vida a su pluma pero yo no escribo poemas. A mí dadme buenas nuevas, dadme risas y palabras bien traídas; y despejad de mi camino, si yo no soy capaz de ello, cualquier susto con tintes adversos. No lo quiero. No soy poeta, ya lo he dicho. Yo le doy a la prosa. La vida para mí es eso, prosa, que no es cualquier cosa. Pero de acuerdo, lo asumo, que vengan problemas si así ha de ser, yo los toreo, mas por favor, problemas flojitos; que me ralenticen pero no me paralicen.

Audio con el artículo leído.

Audio del artículo con la música (piano, por Christian Martín con la canción _Esperanza_)