Desde los años 1960, se empezó a discutir con mucha intensidad la estructuración de la variación lingüística. Las lenguas, como entidades sociales, pueden variar en muchos sentidos: existe la variación social (la que tiene que ver con los diferentes grupos sociales), la variación espacial (la que está relacionada con los diferentes lugares geográficos), la variación diacrónica (la que está relacionada con los diferentes momentos del tiempo), la variación estilística (la que tiene relación con los diferentes registros, géneros y estilos). Es importante poner de relieve que en una determinada comunidad lingüística pueden coexistir distintos tipos de variación. Por ejemplo, si se toma como ejemplo algún país latinoamericano específico, como México, se puede observar que los hablantes de la Ciudad de México no hablan igual que los hablantes de Veracruz. Dentro de la Ciudad de México, se puede registrar que las personas de distintas clases sociales hablan diferente (están los llamados “nacos”, por un lado, y los “fresa” por otro). Lo mismo pasa en Veracruz. También se puede registrar que una misma persona habla diferente en distintas situaciones: hay formas aceptables para una conferencia que no lo son para una charla en una barra.

Rolf Eberz, en dos trabajos sobre la periodización de la lengua española (1991, 2009), trae algunas consideraciones importantes, entre ellas el hecho de que en términos historiográficos se suele manejar la noción de “siglo” sin matización y que se suele tratar la lengua de un determinado período como una masa uniforme (la lengua del siglo equis).

Maria Clara Paixão de Sousa, en un excelente texto de discusión sobre lo que se conoce como Lingüística Histórica (2006), vuelve al problema de que, en cualquier investigación histórica, no se maneja con los acontecimientos, sino con los registros (narrativas) de los acontecimientos, lo que implica que el investigador trabaja con un fragmento del pasado, ignorando muchos otros sucesos de los cuales no tiene registro. Maria Clara Paixão de Sousa también señala que la ausencia de informaciones y discusiones también es algo digno de observación. Es decir: el investigador tiene que preguntarse por qué razón no se discutió determinado tema.

La ausencia de información concreta no impide la formulación de hipótesis y análisis consistentes y adecuados debido a la ausencia de datos. Todo lo contrario: aunque no tengamos acceso directo a muchos datos del pasado por la ausencia de registros, se puede proponer análisis consistentes si se sigue el Principio de la Uniformidad, propuesto por Willian Labov (1972, p. 161): ): “los mismos  mecanismos que actuaron en la producción de cambios de grande escala del pasado se pueden observar actuando en los cambios actuales que ocurren a nuestro alrededor” (traducción mía). El Principio de la Uniformidad propone, simplemente, que las lenguas son, constitutivamente, elementos atemporales y que, en el caso concreto, si se observa variación lingüística en la actualidad, ese mismo fenómeno de variación lingüística podría haberse observado en el pasado.

El Principio de la Uniformidad va más allá de los problemas históricos. Habla de cualquier comunidad lingüística y cualquier lengua en cualquier momento del tiempo.