Iniciamos este texto recogiendo dos ideas fundamentales del anterior artículo, publicado en este Espacio, que hemos de tener claras a la hora de entender la lengua desde el punto de vista de la comunicación.

La primera de ellas es que la obligación que tenemos de adquirir una mínima competencia lingüística trasciende todo tipo de academicismos porque estamos ante la vida misma, esto es, estamos ante el reto de formarnos como personas para que nuestra vida sea más exitosa.

Y la segunda idea es que el lenguaje es un instrumento decisivo para el crecimiento del ser humano y de él dependerá que nos desarrollemos socialmente.

Debido a esto, podemos decir sin temor a equivocarnos que nos construimos a través de la lengua, del lenguaje; nuestra identidad, socialización y cultura, cada pensamiento, están construidos mediante conceptos.

Hay personas –por mucho que nos cueste creer– que no quieren ver la importancia vital de un uso correcto de la lengua.

Parece ser –es lo que extraigo tras una serie de conversaciones– que lo que les lleva a ningunear la lengua, y el lenguaje por ende, es la cotidianidad debido a su uso diario -algo rutinario corre el riesgo de de(s)preciarse-. Pero más que el lenguaje en sí, lo que denostan es un registro apropiado (les da lo mismo hablar bien que hablar mal, yo alucino), la utilización de la palabra adecuada, clarificadora, que mejora y precisa la comunicación. Y llegados a este punto, cuanto más nos aproximemos a un uso pertinente del lenguaje mayor dimensión cobrará nuestra capacidad para transitar socialmente.

Quizá nos sea suficiente el simple hecho de <<hablar>> para <<vivir>>. Ahora bien, no debemos caer en esa inanición lingüística que nos arrastraría sin más por la corriente, sino que debemos bracear en dirección a la palabra excelsa para adquirir cierta preeminencia que contribuya a nuestro proceso vital.

Siguiendo esta línea, además de procurar una base lingüística solvente, habremos de saber desarrollarla, esto es, expresarla y transmitirla.

Huelga decir que hemos de ser lo suficientemente juiciosos como para saber utilizar nuestras herramientas lingüísticas debidamente y no emplear tecnicismos o un registro culto, por ejemplo, en una situación comunicativa en la que difícilmente seremos comprendidos.

El principal objetivo cuando utilizamos la lengua no debe ser otro que el de comunicarnos. Así, por ejemplo, la empatía profesor/alumno resulta tan necesaria como inexcusable y no albergo ni tan siquiera una brizna de duda de que reina en el aula. No puedo decir lo mismo, sin embargo, de otros ámbitos profesionales como son la medicina y la abogacía, por citar solo dos, en los que empatizar es de obligado cumplimiento, pues así reza -o debería rezar- en sus códigos deontológicos.

Cuidemos, pues, nuestras palabras. No en vano, ellas nos representarán, y todavía no he conocido a nadie que quiera exportar una imagen negativa de sí mismo (y no seré yo el primero).

¹Título de la ponencia de Yolanda Tejado, gestora de comunidades de la Fundéu, y Marina Ferrer, vicepresidenta de la Unión de Correctores (UniCo), dentro del marco del VI Congreso Internacional de Redes Sociales Comunica2.