Sobre las malas palabras en la clase de idiomas

No quise poner “pelotudo” en el título, sabrás disculparme. Quisiera agradecer públicamente a Ricardo Darín por ofrecer una surtida variedad de malas palabras en casi todas las películas argentinas de los últimos 10 años.

La pregunta del título me la hizo una alumna delante del ayudante técnico del instituto en el que trabajo, cuando todos se habían ido y solo quedábamos los tres en el aula. Habíamos visto “El secreto de sus ojos” y de todo lo que me podría haber preguntado, mi alumna polaca se quedó con la palabrota. Noté que al señor que desconectaba el proyector le causó gracia. Bueno, dije, es una palabra de uso muy común en Argentina, se refiere a las pelotas pero es una forma de decirle “imbécil” al otro.

El uso de malas palabras en una lengua extranjera despierta curiosidad en los alumnos de todos los ámbitos de enseñanza que conozco. Uno se pregunta, ¿qué debo hacer? ¿Las enseño? ¿Hago como se hacía antes: “No, no, ¡de eso no se habla!”? Propongo pensar juntos sobre el tema, tomar distancia de lo moral, dejar el tabú y observar cómo se utilizan en los intercambios de la “vida real”. Por algún lugar siempre se meten en la clase. Tuve alumnos que no decían ni “caracoles” y otros que se deleitaban repitiendo malas palabras de cualquier manera. Evitarlas sería más fácil pero menos productivo.

En el marco de una propuesta comunicativa, cuando tenemos que decidir qué vocabulario enseñar, uno de los criterios más importantes es la frecuencia o la alta disponibilidad de una palabra. Si bien muchos hablantes nativos no usan malas palabras, son de uso bastante generalizado y sobrepasan las conversaciones cotidianas para alcanzar el lenguaje periodístico, la literatura y están presentes en los programas de televisión y radio. A veces de forma abreviada.

La repetición en los medios y en la vida cotidiana instala estas palabras y algunas logran permanecer por mucho tiempo. Maradona ya aportó al habla de los argentinos algunas expresiones.

Aprendimos con Austin que con las palabras no solo nombramos cosas, sino que también hacemos cosas como preguntar, pedir, informar, prometer y también insultar. El enojo, el discernimiento, la discusión y el cruce de palabras forman parte de situaciones de todos los días. Queremos que el alumno tenga la capacidad de producir y entender adecuadamente expresiones lingüísticas en diferentes contextos de uso.

No sabemos si va a vivir todas estas situaciones, pero está claro que es importante que sepa reconocer estas palabras, entender la función que cumplen, en qué contextos se utilizan y, con criterio, decidir si debe usarlas o no.

La reflexión sobre las semejanzas y diferencias en el uso de las palabrotas en cada cultura es crucial, ya que considero que bajo ningún punto de vista podemos trasladar o traducir directamente un insulto o una palabrota, lo que resulta apropiado en una cultura puede no serlo en la otra.

En la Argentina, por ejemplo, es común usar malas palabras sin insultar, se dicen “boludo(a)” entre amigos como muestra de confianza y amistad: “Ay, boluda, te extraño mucho…”. Así como le decimos a un amigo “¡Qué h.d.p!” como expresión de admiración si tiene mucha suerte.

Ainciburu en el artículo que citamos abajo, explica que este uso amistoso de las malas palabras es una muestra de que, con la repetición continua, pierden su fuerza ilocutoria y se transforman en una forma de expresarse que refleja la pertenencia a un grupo. Me permito agregar: un grupo en el que hay confianza. Subrayemos: mucha confianza.

Si nuestros alumnos quieren usarlas vale aclararles que las malas palabras pronunciadas por un extranjero en general pierden la fuerza ilocutiva. La intención puede diluirse en lo llamativo del acento y lo que logran es sorprender, causar gracia o directamente hacer el ridículo. Por eso me inclino a pensar que es mejor enseñarlas para la comprensión, el reconocimiento, y no para la producción, a no ser que quieran hacer un chiste.

El cine, la televisión y la radio ofrecen muestras auténticas de uso. Es interesante que reconozcan allí la intención del hablante, la actitud del interlocutor y que se pregunten qué dirían ellos en cada situación. Esta forma de enseñarlas resulta mucho más contextualizada y efectiva que una lista y sus traducciones.

Una buena propuesta didáctica es la del profesor Agustín Yagüe (ver abajo) que, además de identificar el uso de malas palabras, permite una reflexión sobre el tema y suma dos lecturas para discutirlo.

¡No seas bolu… y probalo! Lo digo cariñosamente, ¿eh?

Recomendaciones de lectura

AUSTIN, J. (1991) Cómo hacer cosas con las palabras. Barcelona, Paidós. Disponible en:

https://www.philosophia.cl/biblioteca/austin/C%F3mo%20hacer%20cosas%20con%20palabras.pdf

AINCIBURU, M. C. (2004) Buscando palabrotas en el diccionario:

Las malas palabras como cartilla de tornasol en la enseñanza ELE. Artículo. Disponible en:

https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/asele/pdf/15/15_0101.pdf

YAGUE, A. Menuda lengua. Tacos en la clase de ELE.

Disponible en: https://formespa.rediris.es/video/pdfs/tacos.pdf