Hoy no es un día cualquiera.

Aquí y ahora iniciamos en este Espacio Santillana Español una colaboración que significará para mí, seguro, una continua fuente de enriquecimiento, siempre con la lengua como fiel acompañante, ora como telón de fondo, ora como personaje principal, abrigando y dando forma a mis sentidos.

Por todo ello y antes de seguir adelante, permitidme que dé las gracias a quienes han hecho posible que llegue hasta aquí con mis letras, vuestras ya, invitándome a este Espacio que tanto vela por nuestro idioma y por su enseñanza.

Para cerrar el preámbulo solo me queda pedirte a ti, lector, que no dudes en compartir cualquier comentario que te suscite la lectura de alguno de mis escritos.

La comunicación nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos. ¡Qué digo acompaña!, forma parte activa de nuestras vidas. ¿Os imagináis una vida incomunicada? Yo no; ni puedo ni quiero. ¿Alguien duda de la necesidad, o más aún, de la obligación que tenemos todos de cuidar la comunicación, de mimarla y mejorarla siempre que nos sea posible? Si el lenguaje es una herramienta de capital importancia en la comunicación, habremos de perseguir una buena competencia lingüística que nos permita dominar y nadar con solvencia por las –en ocasiones– procelosas aguas de la comunicación. Una pobre o nula comunicación no puede sino abocar al fracaso a la escena en que domine ese déficit comunicativo. ¿Cuántas discusiones o malentendidos no parten de una mala comunicación?

El profesor y filósofo José Antonio Marina afirma que mediante el lenguaje controlamos, dirigimos y organizamos nuestro cerebro. Así, sostiene el profesor, nuestra inteligencia es lingüística y de igual modo la convivencia es lingüística. Si no dominamos el lenguaje, no dominamos la inteligencia, y si no dominamos la inteligencia, fracasamos en la convivencia. Podemos inferir, por tanto, que la base de la convivencia es la lengua. Volvemos aquí a la necesidad de procurar una buena competencia lingüística que nos ayude, que nos facilite la vida. Esto es muy importante, pues nos proporcionaría algo tan básico como ser capaces de decir aquello que nuestro cerebro nos mande decir. Verbalizar nuestros sentimientos, defender un argumento, exponer una idea son acciones cotidianas que basan su realidad en la necesidad de un emisor que las evoque y de un receptor que las procese. Por tanto, esta obligación trasciende todo tipo de academicismos porque estamos ante la vida misma, esto es, formarnos como personas para que nuestra existencia sea más exitosa.

Con este argumento podríamos ya enterrar el salvoconducto de quienes arguyen un pueril soy de ciencias para eximirse de un correcto uso del lenguaje, que no ha de ser necesariamente bonito sino práctico y preciso. Buscar el perdón por el verbo mal pronunciado o por la mácula escrita amparándose en su bachillerato de Ciencias no tiene ya cabida. Es por ello una tarea que nos compete a todos esmerarnos en saber manejar las letras, colocarlas en los lugares precisos para decir lo que queremos decir y entender lo que debemos entender. Evadir nuestra responsabilidad derivada por el mero hecho de ser animales sociales no nos generaría otra cosa que cortapisas para realizarnos dentro de nuestro proceso vital. El lenguaje es el medio por el cual nos comunicamos para conseguir algo –desde lo más nimio a lo más relevante– y, para ello, se torna inexcusable el buen uso de la lengua.

El lenguaje es, en definitiva, un instrumento decisivo para el crecimiento del ser humano y de él dependerá que nos desarrollemos socialmente.

Me dicen por línea interna que corte ya, porque me quedo sin tiempo, pero retomaremos el asunto a partir de este punto.