Es muy probable que el hablante de castellano, al emplear cualquier término, no sea consciente del mecanismo de formación léxica que se ha realizado para dar como resultado la palabra de su elección.

Hace unos días estalló la polémica. No es momento de entrar en disquisiciones políticas, sí lingüísticas.

La palabra portavoz está formada por composición de dos raíces léxicas y la segunda es femenina. En el supuesto de que alguien quisiera matizar género igual debería plantearse decir ¨portavozo¨. Olvidémoslo, sería el ejercicio del despropósito. No seré yo la que niegue cierta connotación machista en el empleo de según qué palabras. Entramos ahora en el plano pragmático de tan delicada cuestión. ¿Por qué cuando algo es aburrido decimos que es un ¨coñazo¨ y cuando algo nos gusta es ¨cojonudo¨?

Pido disculpas si la variedad empleada resulta demasiado coloquial, ruda o, incluso, vulgar. Bajo mi punto de vista me parece un ejemplo de lo más ilustrativo. Tradicionalmente las profesiones han sido desempeñadas por hombres y por eso nos suena raro decir médica o jueza. Muchas mujeres en el ejercicio de su profesión prefieren anteponer el artículo para determinar el género. Así, resultan ¨la médico¨ y ¨la juez¨. Aunque debemos reconocer que cada vez se oye más ¨médica¨ y ¨jueza¨. Suenan incluso bien. Pero una cosa es la evolución tranquila y otra bien distinta es forzar lo que no tiene razón de ser. Podríamos llegar incluso al colmo de querer decir ¨periodisto¨ en vez de ”el periodista¨ y rozaríamos ya el límite de la estupidez. Con estas reflexiones andamos. Son días complicados para la norma lingüística cuando retorcemos la lengua para ser políticamente más correctos, o más modernos, y lo que hacemos es sencillamente equivocarnos y regodearnos en nuestro error.