Me gustaría empezar en este blog de Santillana Español hablando de mi experiencia en diferentes países con sus respectivas lenguas y variantes, así como del escurridizo concepto de lengua estándar, aunque no sin antes felicitar al equipo Santillana por esta iniciativa y agradecerles la invitación.

Recuerdo que ya en mi primer viaje a Brasil, cuando en medio de la redacción de mi tesis doctoral fui a pasar tres meses a la Universidad Federal de Goiás como alumna del entonces llamado Programa Intercampus, lo que más me impresionó desde el principio fue que el uso que yo hacía de ambas lenguas, tanto del español como del portugués, era motivo constante de comentarios o, más aún, acababa por constituirse con frecuencia como el tema principal de conversación.

Tras años de estudio de portugués en la Facultad de Filología en Madrid y varias estancias académicas en Lisboa, yo me consideraba perfectamente fluente en esa lengua, así como en español, por motivos obvios. De manera que, en principio, no había motivos para no poder mantener una conversación con cualquier persona a cualquier nivel, incluso en diferentes registros si era necesario. Y, sin embargo, la realidad era otra. Tenía la impresión de que a menudo la comunicación no fluía, sino que, básicamente, giraba en torno a la propia lengua, en una especie de metalenguaje que, debo reconocer, me irritaba bastante en aquel entonces. Era como si a nadie le importase mucho lo que yo decía, sino más bien cómo lo decía.

Hoy, tras años de experiencias lingüísticas múltiples en diferentes países a los que he ido por motivos de trabajo y personales, resulta que encuentro un gran placer en recrearme, justamente, en esa palabra en español, inglés o portugués que aquí se dice pero no allá, y que suena tan entrañable, o tan graciosa, o tan ridícula, dependiendo del oído de quien la escuche, por mucho que pertenezca a la propia lengua. Y disfruto diseccionando el timbre o apertura de una vocal que difiere en una y otra pronunciación de la misma palabra, dicha por según quién y de dónde. O intentando averiguar si el significado de una expresión es el que habitualmente le damos acá o es otro, que le dan allí, o allá.

Será porque ya no me parece tan importante lo que yo tenga que decir, o si los demás prestan más o menos atención al contenido de mis palabras. El caso es que cada vez disfruto más jugando al juego de las variantes y al de la forma, más que al del contenido. Y, desde luego, cuando viajo ya no me molesta que en Portugal me consideren brasileña y portuguesa en Brasil, o que en Inglaterra den por hecho que soy americana. Es cierto que en Cuba, Perú o Colombia nunca paso por otra cosa que no sea española de España (¡que no estándar!) y bien que lo siento, la verdad. Me gusta entender las lenguas como un instrumento musical perfecto, que suena diferente con cada intérprete y para cada oído.