Hoy mi reflexión es sobre uno de los aspectos más problemáticos de la práctica pedagógica: la evaluación.

Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, evaluar es señalar, estimar, apreciar, calcular el valor de algo. Cuando juzgamos, evaluamos, porque analizamos los datos con que contamos y al mismo tiempo damos nuestro juicio de valor. La evaluación general, como su nombre lo indica, se refiere a todas las acciones. No hay acto humano en el que no esté presente el juicio de valor o la evaluación, de allí es que la encontramos en lo ético, social, político, deportivo, económico, educativo.

Aunque es una amplia práctica social, por la propia capacidad que el ser humano tiene de observar y juzgar, en la escuela su dimensión aún no está muy clara y para mí el problema está en: no evaluar por evaluar.

Cuando buscamos el significado de la evaluación en el ámbito educacional encontramos la siguiente entrada en el mismo diccionario: estimar los conocimientos, aptitudes y rendimiento de los alumnos. Debo recordar que los docentes tenemos en manos un arma que es una de las partes más importantes del quehacer educativo. Es ella la que nos da la posibilidad de perfeccionar nuestra actividad docente. Pero para ello, los objetivos tienen que estar muy claros, tanto para el docente como para los alumnos.

La evaluación debe servir como un feedback no solo para los alumnos sino que también para que podamos reforzar los éxitos obtenidos y no incurrir en los mismos errores en el futuro. Ya es hora de acabar con la visión de que evaluar es un momento de tortura. Utilizar la evaluación para clasificar, según Luckesi (1996), hace de la misma un instrumento estático y desacelerador de todo el proceso educativo.

Entonces, ¿para qué pasamos horas y horas explicando contenidos? A veces me da la impresión de que si no pensamos la evaluación como un momento dialéctico del proceso de avance en el desarrollo educativo es porque en realidad no sabemos qué ni para qué enseñamos. Es común ver exámenes que parecen verdaderas colchas de retales, cada ejercicio fue extraído de un libro diferente y no se comunica de ninguna forma con el otro. En un examen como ese, es impensable la idea de contextualización. ¿Para qué enseñas? ¿Para repetir contenidos, completar huecos? ¿Qué sentido tienen esos contenidos? ¿Qué uso tienen todas esas informaciones?

Por favor, dejemos de pensar en la evaluación como algo que clasifica a nuestros alumnos como buenos, medianos o malos, y pasemos a verla de una vez por todas mucho más como la evaluación de nuestro trabajo, ya que con ella podemos mejorar los programas, la organización de las tareas y la transferencia a una más eficiente selección metodológica.

 

Bibliografía

BLOOM, Benjamin S., Hastings, J. Thomas y Madaus, George F. Evaluación del aprendizaje. Buenos Aires: Troquel, 1974.

 

BRUNER, J. S. Aprendizaje escolar y evaluación. Buenos Aires: Paidós,1984.

HOFFMANN, Jussara. Avaliação mito & desafio: uma perspectiva construtiva. 11 ed. Porto Alegre: Educação & Realidade, 1993.

LUCKESI, C. C. Avaliação da aprendizagem escolar. 4 ed. São Paulo: Cortez, 1996.

SANT’ANNA, Ilza Martins. Por que avaliar? Como Avaliar? Critérios e instrumentos. Petrópolis: Vozes, 1995.