A lo largo de años dando clases en empresas de diferentes ramos, vamos tejiendo una red de alumnos, conocidos y amigos, verdaderos encuentros de vida: personas con las que teníamos poquísimas chances de conocernos y que acaban marcando todo el tiempo que duran las clases: el profesor enseña una lengua extranjera, pero el alumno le enseña muchísimas cosas sobre su mundo, su actividad, el área en la que trabaja, el medio en el que se mueve, su origen, su cultura, sus valores, su familia, sus gustos; en síntesis, cada alumno es un universo riquísimo que nos deja un bagaje enorme, aprendemos sobre su vida y aprendemos con su vida. Ese es, creo, el secreto del intercambio que hace que las clases funcionen: más allá de la metodología que se use, que los seres humanos que interactúan en ellas se comuniquen, intercambien sus experiencias, que cada uno aporte su riqueza interior y traiga consigo el mundo que lo rodea. Ese encuentro hará que las clases de ese grupo sean únicas e irreproducibles, a pesar de que los contenidos puedan repetirse, pero nunca se repetirá la forma en que se vivenciarán si dejamos espacio para que cada uno se exprese libremente.

Durante el curso hay alumnos que salen por diversos motivos: cambian de empresa, tienen problemas de horario o simplemente dejan de venir por otra causa. En la vida los desencuentros son inevitables: las circunstancias no son propicias y nos alejan de personas que apreciamos mucho. Pero una cosa es siempre igual: cuando se genera un vínculo de respeto y afecto, el desencuentro no lo mata, simplemente lo adormece y permanece guardado a la espera de la posibilidad de un reencuentro que se puede producir en cualquier momento y circunstancia: en otra empresa, en otro grupo o inclusive cruzándose simplemente por casualidad. Y en ese momento vuelven a la superficie los sentimientos compartidos, la fase de la vida en que todo esto tuvo lugar, las experiencias que se intercambiaron y, café por medio, actualizamos lo que pasó en el tiempo en que no nos vimos. Y comprobamos que la experiencia del aprendizaje del idioma no solo dejó vocabulario, funciones comunicativas, textos o gramática: dejó una marca en la vida del profesor y de los alumnos.