El mes pasado fuimos sorprendidos con el ataque a la escuela en Suzano (SP). Un hecho aberrante, que se puede interpretar bajo diversas perspectivas.

No me animo a tratar de analizar este suceso aquí, porque es un hecho que requiere un análisis más profundo y extenso. Pero quisiera dedicarme, en el post de este mes, al miedo, a la falta de sentido crítico y a la necesidad de una educación artística y humanizadora.

Desde el ataque de Suzano, varias amenazas de ataque se vienen repitiendo en todo el país. Coincidentemente, una de ellas fue en la universidad donde trabajo. Las amenazas eran muy poco creíbles, pero igual la rectoría tomó las medidas pertinentes y la policía se hizo presente. Efectivamente no pasó nada y aunque oficialmente no se suspendieron las actividades, la asistencia de alumnos y también de profesores/funcionarios fue muy baja. Al día siguiente, me sorprendí al ver que había personas de toda la comunidad académica (profesores, funcionarios y estudiantes) realmente asustadas con la posibilidad de un posible ataque.

Estamos pasando por un momento en el cual, por un lado, tenemos personas crueles a punto de practicar o amenazar practicar violencias absurdas y, por otro lado, tenemos personas que creen ciegamente en las noticias falsas. En otras palabras, en el momento actual los niveles de deshumanización y falta de sentido crítico son alarmantes.

Tratando de reflexionar sobre este tema desde mi lugar de actuación profesional (profesora e investigadora de las literaturas hispánicas), percibo la necesidad de la literatura y del arte en general en la educación. Es obvio que atribuir estos problemas a la falta de literatura en la escuela sería algo muy reduccionista, pero de todos los factores que pueden contribuir para la deshumanización y la falta de sentido crítico, seguramente, la falta de lectura de literatura es uno de ellos.

“El arte nos puede salvar”, afirma Pablo Melicchio (2017), quien se dedicó a dictar talleres de literatura en instituciones de salud mental y en cárceles de Argentina. Desde su experiencia en esa actividad y enfatizando su carácter artístico y estético, rescata que la literatura sana heridas y sentimientos, uno puede conocerse y reconocerse a través de la lectura. Así como las personas, los libros tienen ideas, sentimientos, memoria. Ofrecen repertorio de conocimiento de mundo, auxiliando, de esa forma, a entender y a soportar la realidad. Además de entretener, la literatura promueve la reflexión y es una respuesta posible para la comprensión del sentimiento de que la vida y el mundo no son satisfactorios, como afirmaban Tennessee Williams y Fernando Pessoa, citados por el autor (p. 29-33).

Esas ideas dialogan con las de Todorov en su libro A literatura em perigo (2009). El autor defiende que la literatura puede muchas cosas: puede ayudar a mejorar el estado anímico y a entender a los demás; ameniza la soledad; contribuye para la contemplación de la belleza; auxilia a comprender el mundo y nos ayuda a vivir. Esto no significa que la literatura sea una herramienta de autoayuda, pero, como es revelación del mundo, puede transformar a cada uno de nosotros desde adentro (p. 80-81).

Por último, menciono las ideas de Antonio Candido en su bellísimo texto “O direito à literatura” (1988). El autor afirma que la literatura es fundamental a los seres humanos por su necesidad innata de ficcionalización y porque ofrece un gran bagaje intelectual y afectivo: “A literatura confirma e nega, propõe e denuncia, apóia e combate, fornecendo a possibilidade de vivermos dialeticamente os problemas. Por isso é indispensável tanto a literatura sancionada quanto a literatura proscrita; a que os poderes sugerem e a que nasce dos movimentos de negação do estado de coisas predominante.” (p. 175). Además, defiende la literatura como un derecho humano, una vez que considera que ella humaniza el hombre mecanizado.

¿Y dónde entran las literaturas hispánicas en todo eso? Además de todos los beneficios ya mencionados, leer la literatura que se produce en los países de lengua española contribuye para el conocimiento del otro, para borrar estereotipos, para ampliar nuestra visión de mundo, para el conocimiento cultural. Conocer al otro evita la ignorancia que lleva a los prejuicios, además de fomentar la empatía y el sentido de cercanía y pertenencia.

Leer literatura en la escuela es necesario y es urgente, si queremos poner nuestro granito de arena en el desarrollo del sentido crítico y en la educación de ciudadanos humanos y empáticos. Como dije antes, es solamente una contribución posible entre muchas más igualmente o más necesarias, pero por algún lugar hay que empezar y podemos hacerlo desde nuestro lugar de actuación profesional.

Para que eso sea posible, nosotros, profesores, tenemos que leer. Leer los clásicos y también la producción actual. Leer la literatura escrita por negros/as, por mujeres, por las personas LGBT, la literatura infantil, en todos los formatos (papel y digital). Ampliar nuestros horizontes, permitirnos tener experiencias estéticas con la literatura, entender la literatura como arte, mucho más allá de la idea de género textual, para que podamos a partir de nuestra experiencia como lectores (y que no hace falta que sea muy larga, sino que se haya empezado) tener una práctica docente significativa y transformadora.

*Libros citados:

CANDIDO, Antonio. O direito à literatura (1988). Varios Escritos: Ouro sobre azul, 2004.

MELICCHIO, Pablo. El arte nos puede salvar. Buenos Aires: Letra Viva, 2017.

TODOROV, Tzvetan. A literatura em perigo. Rio de Janeiro: DIFEL, 2009.