Muchas de las personas de mi generación no llegaron a conocer a sus abuelas y los que tuvimos suerte convivimos con algunas de ellas. La expectativa de vida era menor, el hombre vivía menos que la mujer, el papel coadyuvante al del marido no se veía reforzado después de la viudez…

Recuerdo a la única abuela con la que tuve proximidad durante toda mi infancia. Murió con 81 años en los años setenta después de dedicar sus últimos años sentada en un sillón a leer, a mirar televisión y a hacer los platos preferidos de sus nietos cuando la íbamos a visitar.

Los años pasaron y las abuelas de hoy en día poco tienen que ver con aquella imagen de abuelas con el cabello blanco tejiendo o cocinando.

Pues ahora veo con sorpresa en las imágenes que aparecen en los libros de cuentos que le leo a mi nieta y en los videos infantiles que vemos por internet que las abuelas todavía responden a ese mismo patrón: cabello blanco recogido en un rodete, una capita de lana en los hombros, los anteojos en la punta de la nariz y el tejido en las manos, mientras están sentadas en un cómodo sillón. Los abuelos –un poco más activos– aparecen también con el pelo canoso pero haciendo algunas tareas en el jardín o la huerta.

Pues bien: las abuelas de hoy en día no tenemos nada que ver con ese estereotipo: son raras las que usan el cabello blanco – a pesar de tenerlo – y lucimos cortes bien modernos en el pelo rubio, castaño, moreno, rojizo o de algún otro color un poco más osado, sin rastros de rodete; la capita en los hombros da lugar a una remera y un jean justo; las pantuflas fueron reemplazadas por elegantes zapatos de taco alto; y las agujas de tejer – con todo respeto, pues admiro a quien sabe usarlas – fueron reemplazadas por un laptop o un celular que se usa para todo.

Me pregunto qué pasará por la cabeza de los niños cuando ven esas imágenes y ven a sus abuelas salir a cenar con las “chicas”, todas arriba de los sesenta, vestidas a la moda y dueñas de sus propias narices (léase: todavía activas en el mercado de trabajo y muchas de ellas cabezas de familia).

El mundo ha cambiado mucho y las abuelas hoy en día se conservan jóvenes en algunos de los varios sentidos de la palabra: jóvenes para trabajar y para tener una vida propia, pero también jóvenes para ayudar a los hijos en la ardua tarea de criar a sus hijos; jóvenes para salir y disfrutar con las amigas, pero también jóvenes para ser el punto de apoyo y confluencia de varias generaciones.

Exhorto a los ilustradores a que dejen de usar el estereotipo de las abuelas de mi infancia y se actualicen: ya no somos más así, nosotras también vivimos en el siglo XXI. Nunca hemos dejado de amar a nuestros hijos y nietos, pero hoy en día simplemente seguimos en el mundo y, gracias a ello, los podemos cuidar y apoyar mejor, de todas las maneras posibles: entendiendo sus problemas –por vivir en la misma época–, viviendo con ellos sus conflictos –por haberlos pasado o presenciado– y manteniendo siempre unida a la familia.