Algunas reflexiones sobre la cooperación (o la falta de) entre profesores

 

La angustia con la que una de mis más queridas colegas me contó lo que quiero compartir con los lectores este mes me hizo recordar la época en la que empecé a trabajar en una oficina. Era mi segundo trabajo, el primero en una empresa grande e importante. Entré para reemplazar a una chica que había ascendido a secretaria de un gerente de finanzas. Mi departamento, ventas. Como muchos saben, compartir o no la información para realizar un trabajo es el arma con la que se pelea por lo que los argentinos llamamos “el derecho de piso”. Hay que ganárselo. A los 18 años aprendí que había que “pelear” por la información. Lo hice como una dama (es decir, no llegué a agarrarla de los pelos): fui preguntando, consultando, equivocándome sola, pidiendo disculpas, intentando, teniendo paciencia hasta que finalmente aprendí a hacer el trabajo y me consolidé en el puesto.

Después de mucho tiempo y de un gran cambio de profesión, me encuentro con que en el ámbito de la educación también hay que pagar el derecho de piso.

En lo que le pasó a mi amiga  hay algo de “derecho de piso”. Le tocó asumir un seminario de características muy específicas, utilizar un cuadernillo elaborado por otros profesores y, con mucha tristeza, me contó que en más de una oportunidad  estos profesores le dijeron, o mejor dicho, le dieron a entender un “arréglate como puedas”, “a mí no me pagan por esto”.  Su brillo y alta capacidad de adaptación la llevaron a arreglárselas sola y viene haciendo un excelente trabajo.

Aunque su caso me ayuda a sentarme a pensar y compartir ideas sobre el tema, lo del éxito debe ser una excepción. ¿Cómo era eso de “uma andorinha só não faz verão”?

La responsabilidad por el contenido de los cursos es de la coordinación pedagógica de cada instituto, escuela o universidad. Cuando la coordinación no ejerce su papel, el profesor lleva adelante sus propias propuestas y termina arreglándoselas solo. Precisamente en este contexto me parece más necesario que nunca buscar una actitud de colaboración entre colegas.

Estudiando uno de los temas que más me interesan, la afectividad en la enseñanza y aprendizaje de idiomas, leo que hay factores culturales que repercuten en la forma de aprender y, me atrevo a agregar, de enseñar.

Respecto a la afectividad y los estilos de aprendizaje, por ejemplo, el profesor debe ser sensible a la diferencia entre conducta y preferencias típicas o estereotipos de alumnos según presupuestos socioculturales ampliamente aceptados. Reid (2000) nos trae el ejemplo de alumnos japoneses de inglés, que son más reservados, serios y prudentes en clase. Los contrasta con otros alumnos norteamericanos que se presentan con más confianza en sí mismos, con más informalidad y espontaneidad. Al observarlos en el aula, por momentos los describe en cooperación y armonía, mientras que, en otros, proclives al conflicto y al enfrentamiento.

Extiendo esta observación a los profesores y ciertamente las conductas son producto de experiencias vividas y ciertos presupuestos culturales que cambian de país a país.

El autor menciona el refrán que le da título a esta entrada para hacer una crítica a la forma de trabajo en algunas universidades norteamericanas. Dice que la mayor parte de las clases están centradas en el profesor y que si bien el trabajo cooperativo ha conseguido cierta popularidad entre ellos, hay alumnos que todavía se resisten, prefieren “arreglárselas solos”.

Hay mucho que cambiar en este sentido. Sabemos que los cambios ocurren primero en los individuos para luego extenderse a las aulas y las instituciones. Por otra parte, la gente no cambia a menos que pueda ver las ventajas de ese cambio.

Al cierre de su texto propone una figura con una visión general de un modelo de fases de cambio. Si bien está pensada para alumnos, los coordinadores podrían aplicarla a los profesores:

FASE REACCIÓN TÍPICA ESTRATEGIA DE INTERVENCIÓN
Conciencia (bostezo) “No me interesa mucho.” Presentar sin exigir.
Información “¿Qué significa?” Responder preguntas.
Personal “¿Qué ventajas tiene?” (Fase crucial) Empatía.
Control “¿Cómo puedo hacerlo?” Tiempo, recursos, apoyo.
Consecuencias “¿Cómo lo hacen los demás?” Oportunidades de compartir.
Colaboración “¡Yo lo hice y funciona!” Uso para convencer a otros.
Reorganización “Tengo otra forma mejor de hacerlo.” Animar.

Vengo de una escuela en la que me enseñaron que se aprende mejor comparando respuestas con el compañero, compartiendo experiencias y reflexiones con los colegas.

Aprendí que es enriquecedor ayudar a un colega a encarar un curso nuevo, que compartir tiene mucho valor, que el simple hecho de saber que materiales míos se usan, y con éxito, en otras latitudes no tiene precio.

En palabras de Reid, “El conocimiento es poder. Para los profesores, el hecho de aprender más respecto a las complejidades del aprendizaje, tanto cognitivo como afectivo, solo puede contribuir a nuestro desarrollo profesional y a nuestra satisfacción personal”.

El título expresa cierto pesimismo pero creo que podemos contradecirlo con nuestros propios actos.

Para leer más sobre el tema

REID, Joy. La afectividad en el aula: problemas, política y pragmática. En La dimensión afectiva en el aprendizaje de idiomas. Cambridge. 2000.