Como toda pregunta con dos alternativas, la respuesta inicial es “depende”. ¿Depende de qué? Depende de la relación que los alumnos que forman el grupo tengan entre sí. Por eso, por experiencia, pienso que los grupos los tienen que formar los propios alumnos y no el profesor. Siempre aparecen personas que quieren estudiar y preguntan si tenemos un grupo en tal nivel o de iniciantes para incorporarse, pero el resultado, en la práctica, no es el esperado porque esos alumnos no se conocen de cerca, uno no sabe los gustos de los otros, no tienen los mismos hábitos de estudio o pertenecen a grupos diferentes, usando el término “grupo” no en el sentido de franja de edad o tipo de trabajo o personalidad, sino como personas que tienen pensamientos, maneras de ver el mundo, estilos de vida, gustos o afinidades en común. Ejemplifiquemos: un alumno al que le gustan los deportes radicales y los practica probablemente tendrá poco que ver con otro que se pasa el día frente a la computadora. Puede inclusive que los dos tengan la misma edad y trabajen en la misma empresa. Difícilmente se van a conectar porque pertenecen a dos “mundos” diferentes, aunque siempre cabe la posibilidad de interés por lo opuesto, por lo que nos complementa y, de repente, ¡combinan muy bien! De todos modos, creo que sería una excepción. Entonces, los propios alumnos deben reunirse y formar un grupo porque, consciente o inconscientemente, ya lo harán con aquellos con los que comparten, por lo menos, algunas facetas de su mundo.

Otro aspecto interesante de los grupos es que cuanto mayor el número de alumnos, menor será la duración del grupo. Los intereses que confluyen para que en determinado momento esas personas se reúnan con la necesidad común de aprender un idioma generalmente se desvanecen en poco tiempo por motivos diversos: alguien deja de trabajar en la empresa y el grupo ya pierde un integrante; otro entró un poco “empujado” por los compañeros o “para no quedarse afuera” y probablemente desistirá en poco tiempo porque su decisión fue más por impulso que por reflexión y conclusión propia; un tercero descubre que forma parte del grupo para almorzar o para trabajar, pero no para aprender juntos porque, en este aspecto, es diferente de los otros, tiene intereses distintos o su manera de aprender es otra; a un cuarto podrá no gustarle el curso: nuestra metodología o nuestra manera de llevar las clases                   –consideremos siempre nuestras propias imperfecciones y que podemos no generar empatía con alguien–; entonces, sale un alumno más. Y así nos encontramos con que un grupo que empezó con cinco o seis alumnos (número optimistamente alto hoy en día) en poco tiempo queda con dos alumnos. Ya en el número inicial permitimos más gente de lo ideal porque sabemos del alto porcentaje de desistimientos. ¿Qué hacer con un grupo de cinco o seis que se transformó en un par o, a veces, en un único alumno? El primer factor a adecuar es el económico porque un alumno o dos no pueden bancar un curso pensado para seis. El segundo es adecuar el curso a las necesidades específicas de quien o quienes quedaron y transformarlo en clases particulares.

Vemos, así, una vez más que todos los caminos conducen a Roma: sea desde un principio, sea después del proceso de disolución sucesiva de un grupo, lo más común es tener alumnos particulares que estudian solos o, como máximo, con un amigo. Obsérvese aquí que no utilizo la palabra “compañero”, sino la palabra “amigo” porque, como dije antes, la relación entre ellos será fundamental para la prosecución de las clases en conjunto.

Por fin, llegamos al alumno que desde el comienzo quiere estudiar en forma individual. Por lo general, corresponde a dos perfiles: el perfil del alumno que se siente capaz y prefiere ir a su propio ritmo, sin tener que esperar el “tiempo” de los otros; se trata de personas con un alto grado de autonomía y seguridad que nos exigirán mucho como profesores. Pero hay un segundo perfil que es el opuesto: el del alumno que no se siente capaz (y casi siempre lo es y en gran medida, pero la diferencia está en que no lo sabe o no confía mucho en sí mismo); se trata de personas con un perfil más bajo, que no quieren “exponerse” delante de sus compañeros en situaciones en las que no se sienten seguros. Lo curioso es que esto no influye en el resultado: los dos aprenderán, cada uno a su manera, el primero siempre más seguro y “arriesgándose” en mayor medida en el uso del idioma fuera de la clase, y el segundo más cauto, tomándose su tiempo. Pero los dos árboles darán sus frutos, cada uno a su época.

Entonces, respondemos a la pregunta del título: lo mejor son clases individuales o en grupo, según sean los alumnos y la relación entre ellos.