Los profesores de español que trabajan con cine en sus clases probablemente habrán recurrido alguna vez a una de las más exitosas películas latinoamericanas de las últimas décadas: Diarios de motocicleta (2004), dirigida por el brasileño Walter Salles y protagonizada por el mexicano Gael García Bernal, quien encarna a un joven Ernesto Guevara antes de ser el Che, viajando por América del Sur junto a su inseparable amigo Alberto Granados, interpretado este por el actor argentino Rodrigo de la Serna.

Además de su indudable tirón comercial, la película presenta otros méritos, como el hecho de haber sido rodada en varios países con actores locales, o el incluir en su banda sonora una canción del uruguayo Jorge Drexler que fue merecedora de un Óscar: “Al otro lado del río”.

Este año he tenido la oportunidad de comparar en detalle la película con el libro de viajes en el que se basa, escrito por el propio Che Guevara y publicado por primera vez en 1993, veintiséis años después de la muerte del revolucionario, y prácticamente 40 años después del viaje que se relata (de 1951-1952), y he pensado en compartir con mis colegas profesores mis impresiones y descubrimientos por si a alguno le resulta interesante para sus clases o por si a otro le muerde la curiosidad.

Para empezar, y como es habitual en la adaptación al cine de un libro de cierta extensión, las supresiones de pasajes son muy frecuentes: en la película se pasan por alto, por ejemplo, varias visitas a amigos, múltiples caídas de la moto, un viaje en barco como polizones, la muerte accidental de un perro al que confunden con una fiera o la visita a un primer leprosario. En alguna ocasión, por otro lado, varios personajes del libro se funden en uno solo en la película, simplificando y concentrando la acción. Este es el caso del mecánico que, fusionando varios personajes del libro, se queda tan admirado por la aparición en la prensa de los dos viajeros, que les arreglará la moto gratuitamente, aunque esa misma noche perseguirá furioso a Ernesto al verlo flirtear son su mujer en una fiesta.

Por lo tanto, si en el libro de viajes ya apreciamos una selección de lo que se cuenta, con no pocos paréntesis y saltos en el tiempo, en la película se recortan los hechos aún más, eliminando principalmente los acontecimientos repetitivos y los que se consideran superfluos para la trama central, aunque un motivo secundario puede ser la omisión de algunos episodios que podrían enturbiar la figura del héroe, como la anécdota de la fiesta en la que Ernesto y Alberto intentaron robar varias botellas de vino escondiéndolas junto a un río.

En efecto, en la película hay una preocupación desde los primeros segundos por dibujar a Ernesto como un personaje serio, organizado, determinado y, sobre todo, muy honesto, hasta el punto de que el filme añade dos episodios que no encontramos en el libro y cuya única función narrativa parece ser insistir en la integridad moral del héroe: atravesando el corazón del continente, Ernesto se mostrará incapaz de mentir en dos ocasiones en que los dos amigos van buscando un lugar donde pasar la noche, mientras que al dicharachero y alegre Alberto, de moral más laxa, no le preocupa “adornar la verdad” si esto le proporciona lo que quiere (comida y un lugar para dormir). Estamos, pues, ante el contraste entre el héroe grave y su acompañante cómico que tan bien ha funcionado en la narrativa desde El Quijote.

No me extenderé más en las diferencias, limitándome a comentar la más destacada de todas: el momento álgido de la película, en el que todo converge, la decisión que toma Ernesto de cruzar el río a nado, de noche, a pesar de su asma, para pasar su cumpleaños con los enfermos aislados al otro lado, esos minutos capitales en la vida de Ernesto en los que este cruza una línea simbólica sin vuelta, dejando atrás su pasado burgués y poniéndose definitivamente del lado de los desfavorecidos, esta escena completa del río, clímax de la historia, consecuencia de todos los aprendizajes de este viaje iniciático, este nacimiento del Che… no aparece en el libro, es un añadido de la versión cinematográfica. En este punto, la película se aleja de lo que fue para reconstruir lo que debería haber sido.

En conclusión, si un libro de viajes tampoco puede considerarse la narración de la verdad y nada más que la verdad, lo cierto es que la película Diarios de motocicleta da algunos pasos que se adentran aún más en la ficción, puliendo las aristas, eliminando todo lo que sobra o desentona y adoptando el molde de la narrativa fílmica tradicional, que no es otro que el de la novela realista decimonónica. Aunque las vidas reales tienen decimales, en la ficción, y en la memoria, siempre se redondea.