El recorrido de las palabras por el tiempo y el espacio ha sido ampliamente analizado por los estudiosos de la lengua y, verdaderamente, es digno de atención. Espacio y tiempo son los ejes en los que todo ocurre. Un hecho en sí, o un objeto, tiene un significado en un lugar determinado y en un momento puntual, pero puede cambiar por completo si es visto en otro espacio o cargado con el peso del tiempo, que todo lo muda.

Me viene esto a la cabeza a propósito de la palabra “almorzar”. La oí recientemente y enseguida me llamó la atención. En España está en desuso, se considera anticuada o propia del ámbito rural. Se usaba habitualmente para designar la segunda refección del día cuando en este país aún teníamos la costumbre de coincidir con el resto del mundo en el horario de parar de trabajar para alimentarnos, es decir, al mediodía. Y cuando con el término “mediodía” nos referíamos a las doce (no a las dos, o incluso a las tres de la tarde, como ocurre hoy).

Al parecer, el origen de esta peculiaridad que tanto nos caracteriza a los españoles (y de la que deriva asimismo la siesta como curiosidad mundial), está en los años 50-60 del siglo pasado. En la época de la dictadura, muchos obreros hacían dos turnos de trabajo para sacar la familia adelante en las ciudades, y solo les quedaba tiempo para alimentarse entre la salida del primero tras una jornada completa, alrededor de las dos de la tarde, y la entrada en el siguiente, que podía prolongarse hasta las diez de la noche. Fue entonces cuando se empezó a generalizar el uso de la palabra “comida” para la segunda colación del día, mientras que “almuerzo” quedó para designar el desayuno o tentempié de media mañana.

Pero como las palabras viajan también por el espacio, tengo una anécdota graciosa que viene al caso. Estando en mi primer viaje a Cuba con una amiga española, fuimos invitadas “a comer” por unos conocidos cubanos de ella. Como no nos habían indicado horario de llegada decidimos que las 13:00 horas sería un buen momento, no mucho después del mediodía normal, ni mucho antes de nuestra concepción de “mediodía”. Para agradecer la invitación llevamos a la casa un par de botellas de vino español. La cara de sorpresa de los conocidos de mi amiga cuando llegamos a la casa, y la situación de tensión que se mantuvo durante las horas siguientes, fueron incomprensibles para mí hasta bien entrada la tarde. Tras las dos botellas de vino y las subsiguientes botellas de ron cortesía de la casa, bebidas a palo seco durante largas horas de conversación (ni rastro de la comida a la que habíamos sido invitadas), la sensación de tensión fue desapareciendo, a medida que iba siendo sustituida por un creciente vacío en el estómago y una percepción general de, digamos, extrañeza tropical. Pasadas como cinco horas desde nuestra llegada, el anfitrión anunció que iba a empezar a preparar “la comida”. ¡Aleluya!, pensé para mí. Y fue entonces cuando caí en la cuenta: habíamos sido invitadas a “comer”, es decir, a “cenar”, ¡no a almorzar!