La clase es un interesante punto de reunión de las diferentes personas que trabajan en una empresa. Por lo general, los grupos se arman por afinidades: compañeros de trabajo que se acabaron tornando amigos, personas del mismo departamento, alumnos que se conocen poco pero precisan de alguien para compartir las clases, etc. Las combinaciones son muchas y variadas, pero terminan formando grupos siempre únicos que, a veces, también se van transformando a lo largo del tiempo con la salida de alumnos y la entrada de otros nuevos. Cualquiera que sea la manera como el grupo se formó y la metamorfosis que vaya sufriendo a lo largo del tiempo, constituye una muestra de la convivencia fuera de las puertas de la sala de clase, la que se da de lunes a viernes, a veces también los sábados, de la mañana a la noche.

Uno de los aspectos que más me ha llamado la atención, a lo largo de todos estos años de observar esa convivencia dentro de las empresas, es la coexistencia de varias generaciones dentro del mercado de trabajo: desde jóvenes en la generación de los 20 años ingresando al mundo laboral, con toda su inexperiencia pero también con todos sus sueños; jóvenes de 30 con varios años de desempeño y comenzando a alcanzar puestos de responsabilidad; adultos jóvenes de 40 años en puestos clave y en pleno ejercicio de su profesión; adultos maduros de 50 manteniendo posiciones de destaque, pero tratando ya de equilibrarlas con un poquito más de calidad de vida; y por fin, personas de 60 años que formalmente estarían en la tercera edad, pero continúan en el mercado porque tienen todavía mucho para dar, combinando una enorme experiencia de vida con una jovialidad sin fin.

¿Y cómo conviven en clase esas diferencias que, en algunos casos, llegan a 40 años, o sea, todo el tiempo de vida de un adulto que ya está en posición gerencial? Conviven bien, pese a la diferencia entre sus pasados, presentes y futuros, pese a los diversos códigos, experiencias, formas de vida y de trabajar. La colaboración es la base de toda actividad compartida. Como corolario, puedo decir que a veces se logran conversaciones únicas que nunca se habrían dado si no fuera la clase en común que reuniera a esas personas, en principio, tan distantes en años de vida. Como corolario, puedo decir que las edades son relativas, que no siempre el más joven va a estar a la vanguardia y que no siempre el más viejo va a ser el más ponderado, pero todos van a aportar su grano de arena y van a establecer lazos con un enorme respeto, más allá de la edad, del conocimiento, de la experiencia y de los puestos que desempeñen en la empresa.