Mucho se escribe sobre las mejores maneras de dar clase y enseñar lenguas a niños y adolescentes: tenemos que motivarlos, acercarnos a su mundo, encontrar formas lúdicas de presentar y practicar los contenidos, etc. Sin embargo, poco es lo que se escribe sobre cómo dar clases a alumnos adultos. La primera cosa importante es, lógicamente, elegir libros dirigidos a esta franja de edad, con temas adultos. Pero, ¿hay muchos? Por lo general, los que encontramos están pensados para alumnos que van desde el fin de la adolescencia hasta… cualquier edad: amplia gama en que los intereses no son los mismos, los gustos tampoco y las motivaciones varían enormemente.

Tenemos alumnos que estudian para complementar su currículum preparándose par a su futuro en el mercado de trabajo; alumnos que necesitan hablar español desde el día en que empiezan las clases para poder entenderse con su jefe, pares o subordinados de países hispanos; alumnos que van a hacer un viaje de placer por algunos días; alumnos que van a hacer una maestría o un curso de especialización en la otra lengua; alumnos que ya saben inglés y consideran que el español es la segunda lengua extranjera que se debe dominar en el mercado de trabajo brasileño; alumnos a los que siempre les ha gustado la lengua y deciden que ha llegado el momento de darse el gusto de aprenderla; alumnos que van, sin mayor motivación propia, junto con sus compañeros de trabajo o de facultad que decidieron empezar el curso; alumnos que tuvieron en el pasado una mala experiencia por no entenderse con nativos o en el aprendizaje de la lengua y, por algún motivo, se ven forzados o deciden intentar aprenderla una vez más; alumnos a los que su empresa les asigna el curso y se ven obligados a hacerlo; alumnos que van para, como decimos los argentinos, “hacerle pata” a un amigo o hijo (hacerle compañía a alguien que la necesita para realizar algo o no quiere hacerlo solo), etc. Podría describir las más variadas y, a veces, insólitas razones para un adulto comenzar a hacer un curso de español, razones que, inclusive, el propio alumno puede no tener claras en el momento en que toma la decisión y puede creer que son otras. Sin embargo, el profesor sí debe tenerlo en cuenta, debe analizar el verdadero motivo por el que cada uno de sus alumnos adultos ocupa un lugar en la mesa, las dificultades o el placer que están por detrás de esta actitud y debe tratar de aunar esos intereses frecuentemente dispares para hacer que las clases salgan bien. Pero ¿qué es que las clases salgan bien? Conseguir conciliar todos esos intereses de modo que todos los alumnos adultos se sientan bien y cómodos en clase, pasen un rato agradable y pongan la cabeza en otra cosa, dejen los problemas en la puerta para vestirlos recién a la salida y, claro, aprendan la lengua, pero de una forma amena, sin sentirse como cuando eran chicos y estaban en el colegio, aportando el bagaje que cada uno trae de su propia experiencia de vida y construyendo cada clase, cada tema de una manera nueva porque los contenidos pueden ser los mismos o parecidos, pero los protagonistas nunca son iguales.