Pasan las fiestas de fin de año con su trajín, a pesar de que nos propongamos simplificarlas cada vez más, y llega, inexorable, enero. Parece que cuesta arrancar, ponerse en movimiento. Parece que entramos en un cono de pereza del cual es difícil salir. ¿Cansancio? Bueno, acabamos de tener unos cuantos días libres. ¿Falta de objetivos? Eso es lo que no falta después de los propósitos hechos para el nuevo año en la Nochevieja, sin recordar siquiera cuáles fueron los que hicimos el año anterior y que, muy probablemente, casi ni intentamos cumplir. Parece que el cambio de calendario nos deja una modorra que nos dificulta ponernos en marcha. Pero hay que retomar la rutina. Rutina, según la RAE, es la “costumbre o hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y de manera más o menos automática”. Rutina: palabra que nos da sensación de aburrimiento de solo escucharla. La única manera de valorizarla es perderla, vivir un tumulto en nuestras vidas que nos absorba totalmente y concentre toda nuestra atención, llevándonos prácticamente al borde de un abismo. En esos momentos es que sentimos falta de nuestra rutina: el café con los amigos, comprar algo rico para la cena en el supermercado, la vuelta a casa escuchando música, ver una buena película, leer un libro interesante y también el propio trabajo, que ocupa la mayor parte de nuestras horas de vida. No esperemos el tumulto para que la palabra “rutina” nos suene mejor, no dejemos que la expectativa de volver a la rutina nos aprisione. Busquemos, simplemente, hacer algo nuevo en el nuevo año, quizás aquello que hace tanto tiempo tenemos ganas de hacer y nunca pareció oportuno o siempre fue pospuesto en pos de obligaciones o cosas más urgentes. Y entonces vamos a estar listos para empezar de nuevo.