El tiempo sagrado de la escuela no pertenece a lo ordinario, puesto que es cíclico. Es el tiempo de la inmortalidad, en el que todos los ritos y hazañas nos elevan de algún modo al rango de héroe de nuestras propias historias. Entre febrero y diciembre la vida existe de manera absoluta, con reglas y dogmas peculiares. La comprenden tan solo los intrépidos que ingresan en el ruedo, llevados casi siempre por sus padres para que allí sean iniciados. Lo real, así, se revela a cada vuelta, y el mundo trasciende lo escrito, transformándose en palabra viva a través de acciones realizadas con un propósito definido. En esa jornada heroica, el caminante jamás sigue abandonado: otros viajeros lo acompañan y, en la ruta, un chamán es auxilio en momentos de apuro. Giro tras giro aumentan las dificultades. Con instrumentos mágicos, el peregrino intenta dominar lo desconocido y seguir hacia el centro. Lápices, cuadernos y libros se transmutan en lanzas, escudos y armaduras. Exámenes se convierten en obstáculos a transponerse; un sobresaliente, en verdadera proeza. El héroe se descubre, a la vez, protagonista y adversario de su empresa.  Entre incontables febreros y diciembres, camina con destino al corazón del círculo y hacia el fin de la jornada para descubrirse a sí mismo. Ya no es inexperto. Ha ofrecido al alumno que fue hasta entonces como sacrificio para que lo conquistado gane alma. Ha renacido a cada febrero, más sabio y fuerte para salir de este tiempo a otro, restaurando el ciclo de creación y muerte que supone la existencia misma. Pero habrá un diciembre en el que  completará por fin el circuito. Partirá para cumplir sus designios y se retirará en definitiva del ruedo. Ya nada podrá retenerlo.

 


A mis alumnos del último año de la Enseñanza Media, héroes valientes y modelares, escribo estas líneas. Es diciembre. Tras el período de caos que suponen las vacaciones, un nuevo ciclo tendrá inicio, fundado en otro orden, siendo necesario afrontarlo con habilidad y empeño constantes. Que mis acciones, más que mis palabras, hayan sido  una referencia positiva o aliento durante nuestro tiempo juntos.  Permanezco en el tiempo sagrado de la escuela hasta que llegue mi diciembre.