Un martes de invierno. Quedan pocos minutos para las ocho. No son horas si no tienes un motivo relevante para estar en el metro.
Tiene bolsas en los ojos. Habrá dormido poco. ¿Insomnio? ¿Trabajo? ¿Un bebé? ¿De fiesta?
Pero no tiene sueño. El papel algo amarillo de la edición de bolsillo la tiene dominada.
Sonríe a menudo, envía su complicidad a personajes que, de momento, están más cerca que su familia.
No es posible ver la portada. Sujeta el libro entre el bolso y las chaquetas que a ratos se le escurren. Las rescata sin poner atención al movimiento. Muy pocas cosas la harían interrumpir aquellos párrafos.

No se entera de las paradas. El transporte sigue más lento que sus páginas. Ella, inconscientemente, se lo agradece.

Sube las cejas. ¿Qué habrá descubierto o sentido?

Una media sonrisa, de lado. Su cuerpo se relaja aliviado mientras la sonrisa se alarga.

Con la precisión de un reloj británico, sin quitar los ojos del papel, se levanta y baja en Retiro. Deja el libro en un banco, se abriga y lo recoge rápidamente. No parece muy hábil con el clima y su vestuario; no es de aquí.

Cruza el parque. Conoce el camino, pero se equivoca. No le importa, al revés: cuanto más largo, más palabras hace suyas.

Se quita los guantes para pasar página. Los vuelve a poner. Los vuelve a quitar. No sabe qué le cuesta más, si el frío o la ansiedad de seguir la lectura de aquella línea. No puede evitar ninguno de los dos.

Otra sonrisa. Disminuye el ritmo de los pasos y de la lectura. Baja el libro. Se detiene ante el nacer del sol, que le enseña sus tonos de rosa y naranja. Los contempla y se siente afortunada por disfrutar de esta ciudad que no es suya, pero que así la siente.

Vuelve a ponerse los guantes. No sin antes pasar una página más.

¿Adónde va? ¿Quiénes la acompañan? ¿Qué narrativas lleva dentro?

Sola no va; la acompañan los suyos. Reales y ficticios.

Vive todas las vidas que puede. Reales y ficticias.

Ha aprendido que, en el frío, también se puede escribir una nueva historia.