La idea de que no hay que aprender para saber sino para hacer, o que el aprendizaje significativo no se construye partiendo de los datos y la teoría sino de la experiencia, es hoy en día indiscutible en el ámbito de la didáctica y la pedagogía en general. Y eso mismo es también ampliamente aceptado en el campo del aprendizaje de lenguas extranjeras, es decir, que no debería estudiarse un idioma con el fin último de conocerlo y aprenderlo, sino para comunicarnos por medio de él.

Sin embargo, a pesar de que es evidente que el fin de estudiar una lengua extranjera es tener experiencias vitales en las que usemos esa lengua, no parece tan obvio que para aprender bien un idioma hay que hacerlo a través de la experiencia. Si estamos de acuerdo en que conocer y relacionarnos con una persona extranjera, o trasladarnos a vivir a otro país de lengua diferente, es la forma ideal de aprender una lengua nueva, tendríamos que estar poniendo más énfasis durante el proceso de enseñanza-aprendizaje en situar al estudiante en medio de una experiencia vital auténtica con el idioma.

Estoy leyendo un libro revelador cuya tesis va en ese sentido. Se llama How We Learn y su autor es Benedict Carey. Él habla de dos tipos de memoria con las que trabaja nuestro cerebro, la memoria episódica o autobiográfica, que recupera información procedente de una textura sensitiva que se formó a partir de una experiencia original, y la memoria semántica, que no forma parte de una narrativa vital sino de una red de asociaciones. La primera recupera información aprendida en el pasado impregnada de sensaciones, olores, emociones…, y está comprobado que este tipo de información se almacena en nuestro cerebro de forma mucho más perdurable que los datos fríos aprendidos “de memoria”, sin vinculación a un tiempo, un espacio y una experiencia real.

En relación con esta idea, el autor plantea otra bastante innovadora, y es que el olvido, en contra de lo que tradicionalmente se ha pensado en el ámbito académico, no solo no está mal, sino que es absolutamente necesario para recordar y aprender de forma significativa. Carey nos invita a olvidarnos de la máxima “to forget is to fail” (olvidar es fracasar) y a reflexionar sobre el funcionamiento magistral de nuestro cerebro, el cual, con el fin de focalizar y permitir concentrarnos en lo importante en un momento o situación determinados, elimina temporalmente lo innecesario, aplicando así una especie de filtro para que se pueda alcanzar la eficacia máxima a la hora de recordar.

De forma que me quedé pensando que al concepto de “error”, aceptado ya como elemento necesario sobre el que construir los aprendizajes significativos, le ha salido un nuevo compañero en el aula, el “olvido”. Démosle la bienvenida.