En España el curso, en muchas Comunidades Autónomas, terminó a finales de junio. En un supuesto afán por no espaciar temporalmente demasiado la convocatoria ordinaria de la extraordinaria, los tradicionales exámenes de septiembre este es el segundo año que se hacen en junio. Convendrán ustedes en los beneficios a corto plazo para aquellos que consiguen aprobar todas las asignaturas. Un verano de dos meses, con todos sus días y todas sus noches, para olvidarse de los libros. Sí, es esto lo que tristemente les sucede a muchos alumnos. Aprueban y ya se olvidan de leer, de escribir, de aprender… Porque seamos honestos, con los dispositivos móviles, de los que ya no nos separamos ni mayores ni pequeños, no se aprende mucho. De hecho, lo único que hacen muchos es exhibirse. Fotos y más fotos en un afán desmedido de impostura que anula las capacidades infinitas de nuestros jóvenes, o si no las anula sí las idiotiza.

 En la enseñanza del Español, de la Lengua castellana y la Literatura, en los niveles de Secundaria y Bachillerato, los profesores nunca nos cansamos de solicitar que se lea. Lectura, lectura y lectura. Pero qué pena más grande es ver las aulas vacías cuando los exámenes se aprueban y ya no nos jugamos la nota. Es desolador. Qué pena que el aprendizaje se haya fusionado irremediablemente con la consecución de unos resultados numéricos. Este concepto de alumnado / empresariado al que solo le interesan unos objetivos cuantificables. Debo ser una especie en extinción. Cada vez que entrego notas a mis alumnos no me canso de repetirles algo que siento profundamente: no hay nota en este mundo que sea capaz de calificar lo que ustedes valen, cada uno a su manera.

 Con todo, las familias aprietan. Los padres exigen. Los suspensos molestan. Estoy cansada de ver a chicos en Bachillerato, repetir, frustrarse, llorar… no logran las calificaciones de algunos de sus compañeros, no consiguen aprobar y sus progenitores les impiden cambiar de camino porque no entienden un futuro alejado de la Universidad. Pero, ¿acaso no se puede ser feliz y prosperar en la vida sin necesidad de obtener un título universitario? Mi padre que salió del campo con lo puesto para abrirse camino en la gran ciudad es un buen ejemplo de que si quieres, eres despierto y trabajador, puedes. No hay universidad más gigante que la de la propia vida.

 Dicho lo cual, no vayamos ahora a denostar los estudios universitarios. No, no es eso. Se trata, simplemente, de que cada cual despliegue sus talentos sin necesidad de desgastarse antes de tiempo por transitar por el camino equivocado atosigado por comparaciones odiosas o por “padres tormento”.

 Cuando una regresa a las aulas tras un largo verano que siempre, siempre se queda corto… Se da cuenta de que muy pocos alumnos han dedicado parcelas de su tiempo a la lectura. ¿Qué han hecho? Otras cosas. Se han pasado el verano sin acercarse a la Literatura, sin aproximarse ni por asomo a los mundos narrativos de clásicos y no tan clásicos. Otros menesteres les han tenido entretenidos. Seguramente revisar sus perfiles en las redes sociales. Cuando septiembre era septiembre y aún había alumnos rezagados que tenían que examinarse, al menos esos dedicaban algunas mañanas a estudiar lo que no se había aprendido durante los días de invierno. No sabes nada, John Nieve.