El título de este texto está tomado de un chiste antiguo sobre Franco, de esos que se presentan como anécdotas históricas. Conozco dos versiones diferentes. En una, el dictador está en una reunión con empresarios españoles y portugueses; en otra, está inaugurando un pantano entre los dos países. En cualquier caso, es así, con esos dos vocativos, cómo empieza su discurso, con esa combinación de palabras que provoca, en la oralidad, un doble sentido hilarante con una verdad rotunda en segundo plano: estaba tratando a los españoles (“ilusos”) como idiotas. Quizás porque reírse de los tiranos es un noble ejercicio y una necesidad histórica, hay otros chistes sobre la inhabilidad del dictador con los discursos públicos, que emitía con esa voz aflautada tan irritante y tan poco marcial, por mucho uniforme militar que usara. Uno muy bueno dice que, en cierta ocasión, hizo un discurso en defensa de la guerra que él mismo había iniciado contra la legalidad democrática republicana, diciendo que los gobiernos anteriores nos habían llevado al borde del precipicio, pero que, gracias a su intervención militar, habíamos dado, finalmente, un paso al frente. Un ejemplo genial de lo peligroso que es ir por ahí juntando frases hechas a lo loco.

Cuando yo trabajaba como profesor de gallego en el departamento de portugués de la Universidad de Salamanca, en el primer año de este milenio, mi colega, el profesor José Luis Gavilanes, coordinador de la monumental Historia de la Literatura Portuguesa de Cátedra y avezado cronista en la prensa diaria, escribió un artículo, creo recordar que en el Diario de León, sobre la desconexión entre España y Portugal, uno de sus temas favoritos. Contaba la anécdota de un desencuentro entre un ejecutivo español y otro portugués, que él mismo presenció en un hotel. Al despedirse, fijaban la fecha de su próxima reunión. El portugués decía: “Até segunda-feira, então”. El español, inseguro, buscaba confirmación: “¿hasta el martes?”. Y el portugués asentía: “Até martes, sim”. Sin duda, el español, desconociendo algo tan básico como los días de la semana en portugués, a pesar de su interés profesional en ese país, habría pensado que la semana debería empezar en una hipotética “primeira-feira”. En la crónica, Gavilanes, testigo accidental de la confusión, no solo no deshacía el entuerto, sino que pensaba con malicia anticapitalista “¡que se jodan!”. En mi memoria, quizás inventada o exagerada, ese era exactamente el título provocador de su artículo en el periódico.

Siempre se dice que España y Portugal son dos países que se dan la espalda, a pesar de la proximidad geográfica y lingüística. Los primeros gramáticos del castellano, en los siglos XVI y XVII, llegan a cuestionar la independencia lingüística del portugués y, a lo largo del tiempo, pocas han sido las ocasiones en las que el Estado español, a través de alguna de sus instituciones, propone políticas públicas para acercar esa lengua vecina a los ciudadanos. Algo que, en líneas generales, tiene su paralelo en América Latina. Y eso a pesar de las tímidas políticas lingüísticas bidireccionales, que proponían reciprocidad en el aprendizaje de español y portugués en el marco del Mercosur. Un proyecto regional que, víctima de las tempestades políticas que azotan el Cono Sur americano, no acaba de despegar. A pesar, también, del liderazgo regional de Brasil y de su evidente potencia comercial. En España, donde se mantiene una cierta nostalgia imperial (entre velada y exhibicionista, dependiendo del momento histórico), solo Extremadura, que tiene una larga frontera con Portugal, implementa una política consistente de promoción del aprendizaje de portugués en la enseñanza pública.

En Galicia, por otro lado, donde esa política se justifica por el propio origen de la lengua portuguesa y la evidente continuidad histórica en relación con el gallego, las cosas van más lentas. En mi texto del mes de abril, en este mismo espacio, yo hablaba sobre los peligros de adjetivar las lenguas, y sobre los sentidos políticos que se ciernen sobre esos objetos sociales en disputa que son los idiomas. Todo eso me vino de nuevo a la cabeza al leer la noticia de una operación policial contra un supuesto grupo terrorista gallego, denominada “Operación Lusista”. El mote para esa creativa denominación policial está en la normativa lingüística usada por los supuestos “terroristas”, que utiliza la opción de escribir el gallego con la grafía histórica desarrollada por el portugués. Espero que la operación lusista no se extienda y que yo no pase a ser considerado un elemento sospechoso, a ojos de la policía, si me descubren leyendo un libro en portugués en plaza pública, en mis visitas a la tierra natal. La experiencia histórica nos enseña esto: cómo los poderes políticos tratan las prácticas lingüísticas dice mucho sobre el grado de salud democrática de los Estados nacionales. La criminalización de los idiomas, o de las opciones normativas para los idiomas, nos lleva al borde del precipicio. Y, como bien sabemos, siempre habrá algún incauto (o algún perverso) queriendo dar un paso al frente.