El próximo fin de semana será el cierre de una etapa para muchos estudiantes brasileños. Un corto e intenso maratón de dos días les dará a los victoriosos la credencial de acceso a la carrera universitaria. ¿De qué manera les preparamos a nuestros alumnos para esa competición? ¿Debe ser ese nuestro único foco durante el último año de la Enseñanza Media? Opinan algunos que el ENEM no puede ocupar el espacio central en el trabajo desarrollado en la escuela. Pero eso significa, en la práctica, transferir tal encargo a los cursos preparatorios para los exámenes de selectividad o, en muchos casos, abandonar a la propia suerte a un gran número de estudiantes (en especial los de la red pública) que no cuentan con recursos para capacitarse de otro modo que no en sala de clase, dentro de las instituciones regulares de enseñanza. Entonces nos vemos con un rompecabezas colosal: ¿de qué manera conjugar un gran número de alumnos en clase con la carga horaria reducida, a la par de objetivos que proponen una competencia efectiva en términos lingüísticos y un concurso tajante, antes mismo que el año lectivo haya terminado? Estos interrogantes no son solo míos. Los comparto con un gran número de profesores que necesitan, además de proporcionar situaciones para el dominio del idioma, planificar sus clases considerando las expectativas ante el ENEM. Mi escuela adopta la modalidad de “enseñanza instrumental” para contemplar, al menos en parte, los objetivos básicos del examen: comprensión e interpretación de textos. No se trata de una solución definitiva; es, más bien, una alternativa posible y pasible de ejecución, considerando el contexto de la red pública de enseñanza.

De todos modos, urge reflexionar acerca de la influencia del ENEM en la organización curricular y en la metodología utilizada en el nivel medio. ¿Tenemos autonomía para elegir qué, cuándo y cómo trabajar o nos quedamos rehenes del examen?