Las relaciones en la escuela son de distintos rangos: jerárquicas, entre iguales, formales, informales… un sinfín de clasificaciones que harían vibrar a cualquier sociólogo de turno. Lo interesante es que en el universo contenido en el aula esos vínculos se estrechan por el tiempo de convivencia a diario y por los movimientos que hacen todos los miembros del grupo para acercarse o alejarse, según las necesidades o conveniencias del entorno. Y saber comunicar es la habilidad primordial cuando se trata de trabajar de modo cooperativo. Decir lo que se quiere, de modo claro, objetivo, diplomático, observando el sentido de conveniencia y teniendo en cuenta al interlocutor es la herramienta clave para que se establezca una relación efectiva y fiable. Pero si nuestras palabras no son suficientes y abusamos de su uso, repitiendo incontables veces lo mismo, algo va mal. Entonces, lo más sensato es callar, poner atención a nuestro alrededor, escuchar a los demás para, solo entonces, decir algo que verdaderamente tenga lógica.

Saber escuchar es la otra cara de la moneda de la comunicación. Es tan importante como decir lo que se piensa. Cuando uno no escucha, se desconecta, aunque esté rodeado de gente. Oír por la mitad es también una manera de aislarse: preguntas o ideas de las que no llegamos a enterarnos hasta que se las concluyan, por ejemplo. O cuando atrapamos palabras sueltas, rumoreadas sin que alcancemos construir el sentido completo de la información o identificar a sus autores. ¿Cuántas veces dejamos de prestar atención a lo que nos dicen porque creemos saber con antelación todo lo que nos van a decir? Y pese a ello insistimos en seguir hablando, sin certificarnos de que lo hemos comprendido realmente todo, sin respetar el tiempo necesario para que todos puedan poner de manifiesto sus opiniones, aunque contrarias a las nuestras.

Hablamos porque creemos honestamente que el poder se basa en el hecho de hablar: “cuanto más hablamos, más dominio tenemos”, sin darnos cuenta de que igualmente más cercanos a la tiranía estamos. No hemos aprendido, todavía, a cerrar la boca para confirmar nuestra “autoridad”, porque, sí, somos lo que decimos y somos igualmente lo que callamos.