Los últimos años, he cambiado mi manera de comenzar el año lectivo. Como la mayoría, solía empezar con todo ya definido y seguro: planes, materiales, cronograma… Ya no es así. Los días previos al inicio de las clases son reservados a apuntes de ideas, mucha lectura y ojos muy abiertos para todo lo que esté sucediendo en el mundo. Eso será la base para el trabajo integrado del año. No puedo planificar mis clases sin saber cómo son mis alumnos, qué quieren o necesitan, las cosas que dominan y las que no. Así que, les confieso que aún me encuentro en el umbral, con mucha expectación sobre esos inicios. No me atrevo más a pensar el trabajo de manera aislada, sin el auxilio de los compañeros de las otras áreas de conocimiento y sin dialogar con los demás actores del proceso pedagógico: alumnos, familia, sectores administrativos de la escuela… Hacerlo es arriesgarme al fracaso por antelación, transformando los planes en alguna receta de comida típica y las clases en un monólogo, un juego de adivinación o, no raro, en algo tiránico, que me aprisiona a lo escrito, sin espacio a la interlocución o cambio de ideas.

¿Si planificar es importante? Sí, tanto como investigar sobre qué enseñar y cómo hacerlo, enterarnos sobre teorías y prácticas nos da seguridad para mediar la construcción del conocimiento. Si no reflexionamos conjuntamente acerca del trabajo, de las expectativas depositadas en ello, terminamos por reproducir modelos dictados por otros y que nos llegan por la tradición desde tiempos lejanos, y no por la necesidad. Por suerte, hay una tendencia a romper con el aislamiento pedagógico. Planificar es importante, desde que lo tomemos como algo flexible y que pasará obligatoriamente por ajustes para que funcione.

Mi momento ahora abarca muchas cuestiones. ¿Les son claras a mis alumnos las técnicas de estudio? ¿Saben cómo elegir la más adecuada para sí mismos? ¿Para qué sirven los apuntes hechos en clase? ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo extraen una información concreta de los textos escritos, por ejemplo? ¿Cómo buscan informaciones en fuentes informáticas? ¿Cómo planifican o realizan las consultas necesarias a un trabajo de investigación? ¿Cómo elaboran instrumentos para obtener una información? ¿Qué cosas revisan en un texto producido por ellos? ¿Cómo validan lo que escriben, sea ortográficamente, sea en términos de contenido? ¿Cómo organizan esquemas, resúmenes y mapas conceptuales? No hay cómo saberlo sin una consulta. A partir de eso, habrá la estructuración conjunta de los pasos para llevar a cabo los proyectos. Por supuesto, consideraciones sobre el modus operandi  y una evaluación constante para alterar las estrategias serán necesarias. Para nada sirve hablar cosas sin demostrarlas. Y es este punto uno de los grandes fallos en el trabajo pedagógico: la carencia de práctica. Existe una tendencia al discurso vacío: identificamos los problemas, pero no ejercitamos maneras para solucionarlos. El profesor sin preparo tiende a tomar los ejemplos como fórmulas únicas y no como referencias. A veces se acomoda a las sugerencias y no hace los conciertos y cambios indispensables a la creación de un trabajo propio, con sello personal.

La verdad es que “no hay camino”, hay tan solo la marcha. Puedo compartir ideas o puntos de vista desde este lado de la pantalla. Puedo ser compañera de jornada, pero no puedo pronosticar sobre lo que sucederá en las clases de cada persona que me lee.