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La Lengua Extranjera y la construcción del individuo

La Educación, tomada aquí en sentido amplio, se refiere al hecho de conducir, guiar, orientar, traer a luz, extraer, intervenir y desarrollar con vistas al perfeccionamiento individual. Se trata, más que nada, de un proceso continuado que tiene su origen con el nacimiento del hombre y jamás termina. Durante la vida ocurren sucesivos episodios de intenso aprendizaje, inscritos en distintos ámbitos y que implican múltiples saberes. Los elementos involucrados en la tarea de educar y educarse  tienen siempre en mente un objetivo específico, acordado socialmente como referencial de comportamiento, expectación o excelencia.

Por tratarse de un proceso interactivo, la Educación depende de pactos comunitarios sobre lo qué se necesita transmitir a los miembros de una colectividad. Privilegiar este o aquel tema, por tanto, depende de intereses que atiendan a esas necesidades sociales. En la medida que el grupo se transforma y cambia su horizonte cultural, igualmente se ajusta el proceso educativo.

A razón de ello, somos llevados a pensar que enseñar no es una acción exenta, sino política, puesto que conlleva la perpetuación de modelos y postulados teóricos consagrados por la sociedad. Educar significa, así, orientar a alguien para volverlo apto a intervenir positivamente dentro de su entorno social de origen (acción política), reforzando, criticando o hasta mismo rechazando los patrones establecidos como aceptables. La Educación se propone a desarrollar todas las potencialidades intelectuales del sujeto con vistas al perfeccionamiento personal en favor de su grupo.

Pero, ¿a quién o quiénes cabe la tarea de educar políticamente? En un primer momento, y de manera intransferible, la Familia es la responsable por la formación básica del individuo. Es dentro de ella que se transmiten y se refuerzan conceptos sobre lo cierto y lo errado, lo justo o injusto, lo verdadero o falso, del mismo modo que los límites de actuación de cada miembro de la Familia, subrayados por las experiencias brindadas en la esfera doméstica y por los ejemplos personales ofrecidos a los menores. Dichas informaciones formarán los cementos de los que se servirá el futuro ciudadano para el ejercicio pleno de sus prerrogativas sociales. El acompañamiento constante de la Familia le proporciona éxito al educando en esta fase del proceso y le garante el estímulo para la continuidad de la Educación en el ámbito escolar.

Partiendo del equipaje cultural traído por los alumnos, le toca a la Escuela darles instrumentos para volverlos capaces de interactuaren efectivamente en su entorno, siempre en consonancia con los parámetros propuestos por la Familia. La Escuela refina y perfecciona esos conocimientos, abriendo paso al primer confronto de ideas y para la instauración del espíritu crítico, gracias al diálogo con los demás. Esa interlocución es intermediada por el profesor. Ningún recurso o medio físico es capaz, por sí, de evaluar el grado de madurez o de prontitud de alguien para una determinada acción. El que enseña debe, de este modo, ser competente y capaz dentro de su área de formación técnica para seleccionar la información, organizarla de modo gradual y continuo, transmitiéndola adecuadamente al alumno. Está en sus manos el control cualitativo de la Educación, permitiéndole al estudiante la conquista de un “status” social significativo.

La tercera instancia del proceso educativo se pasa fuera de la Escuela, pero aún con la presencia de la Familia. La inserción en el mercado laboral promueve la aplicación y el ajuste eficiente de todo lo que se ha aprendido antes de llevar adelante la actividad para la cual uno se ha preparado. En ese momento todas las herramientas ofrecidas por la Familia y por la Escuela se accionan. Cuanto más grande el número de experiencias vividas, cuanto más sólida la base, mayores las posibilidades de éxito. Cualquier fallo en las etapas anteriores resultará en dificultades o revés. Discrepancias en la formación provocarán desequilibrio en favor de los que estén mejor preparados para una participación política cabal.

En este sentido, aprender un idioma extranjero es una pieza clave en la construcción de la ciudadanía, puesto que permite cotejar distintas maneras de ver, pensar y actuar, posibilitando, igualmente, que valores y principios sean retomados continuamente, ratificándolos o negándolos en un determinado momento. La lengua extrajera estrecha las relaciones con los demás y termina con el aislamiento cultural. Se aprende por medio de ella a intervenir políticamente de modo diplomático, intentando comprender y respetar las diferencias culturales. Negarle al individuo el acceso a las lenguas extranjeras en la Escuela es, al fin y al cabo, condenarlo, de cierto modo, al aislamiento político pleno.

Pensemos en ello antes de empezar el próximo año lectivo.

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Angélica Mello

Licenciada en Letras por la PUC-RS y doctora en Filología Románica por la Universidad Nacional de la República, Uruguay. Impartió clases de Lengua Española, de Lengua Portuguesa y de Filología Románica en PUC-RS de 1985 a 1997. Es autora de obras didácticas para la enseñanza de ELE, de las cuales se destacan ¡Vale! y Mucho Éxito, de Santillana Español; enseña en la red estatal de Rio Grande do Sul y es profesora investigadora del Curso de Formação Continuada em Tecnologias da Informação e Comunicação Acessíveis del NIEE/UFRGS/FNDE/SECADI.

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