Babieca y Rocinante
Babieca y Rocinante
Hay dos poemas a los que siempre vuelvo a leer. Primero, porque me divierten. Segundo, porque anticipan lo que Cervantes pretendía al escribir Don Quijote de la Mancha.
A Rocinante
Soy Rocinante, el famoso,
bisnieto del gran Babieca:
por pecados de flaqueza,
fui a poder de un don Quijote;
parejas corrí a lo flojo,
mas por uña de caballo
no me escapó cebada,
que esto saqué a Lazarillo,
cuando, para hurtar el vino
al ciego, le di la paja.
Diálogo entre Babieca y Rocinante
B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?
R. Porque nunca se come, y se trabaja.
B. Pues ¿qué es de la cebada y de la paja?
R. No me deja mi amo ni un bocado.
B. Andá, señor, que estáis muy mal criado,
pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
¿Queréislo ver? Miradlo enamorado.
B. ¿Es necedad amar?
R. No es gran prudencia.
B. Metafísico estáis.
R. Es que no como.
B. Quejaos del escudero.
R. No es bastante.
¿Cómo me he de dejar en mi dolencia,
si el amo y escudero o mayordomo
son tan rocines como Rocinante?
Ambos textos forman parte de los sonetos y poemas preliminares de la novela, escritos por el propio Cervantes pero atribuidos ficticiamente a personajes del mundo caballeresco (Amadís de Gaula, Oriana, Gandalín, entre otros). Ese juego de atribuciones ya marca un tono paródico y crítico desde el arranque.
En A Rocinante, el yo lírico es el propio caballo. Y eso no es un detalle menor: Cervantes le da voz a una figura que en la tradición épica funcionaba apenas como soporte del héroe. Acá, en cambio, Rocinante habla, se presenta y se explica.
El poema construye de forma irónica la genealogía del caballo del Quijote como descendiente de Babieca, el célebre caballo del Cid Campeador. Pero esa herencia no garantiza grandeza: Rocinante es flaco, hambriento y débil. La comparación deja al descubierto algo más profundo: cada caballo encarna una época distinta. Babieca pertenece al mundo de la épica medieval, un universo de plenitud simbólica. Rocinante, en cambio, vive en la precariedad de la modernidad.
Además del vínculo con El Cantar de mío Cid, el poema recupera otro texto clave de la literatura española: El Lazarillo de Tormes. Rocinante se compara con el Lazarillo porque comparten el mismo estigma: el hambre. Esa referencia no es casual. Al poner a Rocinante en diálogo con estos dos textos, Cervantes condensa el pasaje de un momento literario a otro.
Aunque sea pariente de Babieca, Rocinante ya no pertenece al mundo de los cantares de gesta. Su territorio ahora es el de la novela picaresca: un mundo empobrecido, sin heroicidad, donde la astucia reemplaza a la nobleza como estrategia de supervivencia. La herencia épica sigue ahí, pero la realidad es miserable. Esa tensión define la literatura de la época y también el proyecto del Quijote.
El Diálogo entre Babieca y Rocinante hace el mismo diálogo pero desde otro ángulo. Acá los caballos se encuentran directamente. Ya no hay una genealogía sino una clara asimetría: Babieca habla desde una posición de superioridad, casi en tono de burla. Sus preguntas son irónicas y sugieren una superioridad moral. Rocinante contesta con amargura y lucidez: no hay salida posible cuando el amo es tan pobre y hambriento como el caballo.
Los dos poemas se complementan. A Rocinante construye su historia personal; el Diálogo entre Babieca y Rocinante lo pone en contraste con la tradición. En ambos aparece el mismo proceso, visto desde perspectivas distintas: el final de la épica medieval y el surgimiento del sujeto moderno, heredero de esa épica pero privado de su gloria.
Antes de presentarnos el cuerpo de la novela, Cervantes ya nos presenta el planteo que la atraviesa y lo hace a través de los dos caballos. Y eso es lo que más me gusta.

