El 17 de marzo de este año mi padre, Lourival Ortega, falleció víctima de la Covid-19. Él fue un padre presente y amoroso y tuve la suerte de tenerlo físicamente a mi lado hasta mi vida adulta. Pienso en él constantemente y me acuerdo todo el tiempo de varias historias. Quisiera contarles en este post la historia de por qué llevo el apellido Ortega.

Mis bisabuelos inmigraron desde España hacia Brasil a fines del siglo XIX – inicio del siglo XX. Mi bisabuelo era de las Islas Canarias y mi bisabuela de Sevilla. No se conocían cuando decidieron abandonar su tierra natal, se conocieron en el barco en plena travesía, lo que podría ser muy poético si creyéramos en el amor romántico en aquel entonces.

Sé muy poco sobre mi bisabuelo. Por otro lado, papá siempre hablaba de mi bisabuela, María Dolores, la Niña Lola, como le decían.

Lola era muy jovencita cuando se casó (algo inaceptable hoy día pero normal en aquellos tiempos, infelizmente). Era tan jovencita que en los primeros meses de casamiento cuando su marido volvía del trabajo no la encontraba en casa sino jugando con sus amigas. El comportamiento “adulto” vino con la llegada de los hijos.

Su vida fue muy breve. Murió a los 26 años, en un accidente doméstico insólito y trágico. Mientras planchaba, una brasa de la plancha saltó y se metió en los pliegues de su vestido. Cuando Lola se dio cuenta, el vestido ya quemaba y ella se quedó atrapada en las llamas. Su hijo menor era todavía un bebé de nueve meses.

El bebé se llamaba Manoel Guedes Ortega y era mi abuelo. Aquí empieza mi historia con el apellido Ortega. Según la tradición española, el nombre de uno está compuesto por su nombre de pila, el apellido del padre y por último el apellido de la madre (no voy a profundizarme aquí en la vigencia o caducidad de esa costumbre, me limito a contar mi historia familiar). Por esa lógica, sus hijos tendrían que llevar el apellido Guedes. Resulta que el abuelo Manoel se enamoró de mi abuela, Orcelina, pero su padre (mi bisabuelo) se opuso al casamiento por racismo: mi abuela era negra y él no quería que su hijo se casara con una mujer negra. Mi abuelo no se achicó: se casó con mi abuela y cuando llegaron los hijos, decidió que ellos no llevarían el apellido de su padre – Guedes – sino el apellido Ortega, que venía de su madre, mi bisabuela María Dolores, Lola.

La respuesta que mi abuelo dio a su padre racista fue excelente y me encanta saber que soy Ortega gracias a su actitud antirracista.

Mi padre, Lourival Ortega, en el año en que se casó con mi madre.

Este post es un saludo a mi ancestralidad paterna. Entender desde donde viene mi ancestralidad hispánica y por qué soy Ortega contribuye, en diálogo con la conciencia de clase y de raza que tengo hoy, a construir los caminos políticos que puedo asumir en el hispanismo.

Es también un homenaje a todas las víctimas y sus familiares de la tragedia que vivimos hoy en Brasil a causa de la pandemia de la Covid-19. En especial, rindo homenaje a la Profa. Lilian Latties, amiga querida con quien tuve la oportunidad de compartir planes profesionales y deseos de justicia social.

 

Encierro este post con literatura. Que sigamos cantando, por mi papá, por Lilian y por todos nuestros afectos que ya no están.

Por qué cantamos (Mario Benedetti)

Si cada hora viene con su muerte

si el tiempo es una cueva de ladrones

los aires ya no son los buenos aires

la vida es nada más que un blanco móvil

Usted preguntará por qué cantamos

Si nuestros bravos quedan sin abrazo

la patria se nos muere de tristeza

y el corazón del hombre se hace añicos

antes aún que explote la vergüenza

Usted preguntará por qué cantamos

Si estamos lejos como un horizonte

si allá quedaron árboles y cielo

si cada noche es siempre alguna ausencia

y cada despertar un desencuentro

Usted preguntará por qué cantamos

Cantamos porque el río está sonando

y cuando suena el río / suena el río

cantamos porque el cruel no tiene nombre

y en cambio tiene nombre su destino.

Cantamos por el niño y porque todo

Y porque algún futuro y porque el pueblo

Cantamos porque los sobrevivientes

Y nuestros muertos quieren que cantemos

Cantamos porque el grito no es bastante

y no es bastante el llanto ni la bronca

cantamos porque creemos en la gente

y porque venceremos la derrota.

Cantamos porque el sol nos reconoce

y porque el campo huele a primavera

y porque en este tallo, en aquel fruto

cada pregunta tiene su respuesta.

Cantamos porque llueve sobre el surco

y somos militantes de la vida

y porque no podemos ni queremos

dejar que la canción se haga ceniza.