La educación lingüística es, o debe ser, una lucha constante y obstinada contra la mentira. Las reflexiones más relevantes sobre educación en los últimos años insisten en la necesidad de crear condiciones para el desarrollo de un aprendizaje crítico; el principal objetivo de un sistema educativo democrático es conseguir que el estudiante sea capaz de leer el mundo, como decía Paulo Freire, y de desarrollar una personalidad independiente para actuar en él de forma responsable. Eso es lo que se entiende como una educación comprometida con la “formación de ciudadanía”. Ciudadanx es quien puede entender y participar en la “cosa pública”, porque tiene acceso a informaciones saneadas y cuenta, además, con capacidad de discernimiento para situarse críticamente entre la batalla de versiones que se disputan la interpretación de lo que está pasando. Y no hay democracia si no hay disputa y posibilidades reales de intervenir en ella.

Desde esa perspectiva, en una educación pública de calidad no hay espacio para la idolatría ni para la adoración de textos sagrados. No es aceptable, en términos educativos, ninguna forma de acceder a un texto que no pase por la consideración de sus condiciones de enunciación, por la comprensión de su contexto inmediato y más amplio, por entender de dónde sale, a quién está dirigido, dónde se sitúa, cómo ha circulado socialmente a lo largo de su historia; no es aceptable ninguna lectura que desconsidere que los enunciados no caen del cielo, que están situados históricamente en relación con otros enunciados. Ese tipo de enseñanza, que vale para las clases de lengua (de cualquier lengua: primera, segunda, adicional…) y para todas las demás asignaturas, es el mejor antídoto contra el fundamentalismo (contra cualquier fundamentalismo: político, religioso…) y contra el adoctrinamiento (contra cualquier adoctrinamiento: político, religioso…).

La forma como nos relacionamos con los textos tiene consecuencias muy amplias, que pueden cambiar por completo nuestra comprensión del mundo y nuestra forma de relacionarnos socialmente. En el inicio de los años sesenta, Marshall McLuhan analizaba en un libro ya clásico, Galaxia Gutenberg: génesis del “homo typographicus”, cómo la imprenta había transformado nuestra relación con el lenguaje y nuestra forma de entender la realidad, pues la lectura individual en voz baja había propiciado el paso de una sociedad oral-auditiva a otra visual y fomentado el desarrollo del individualismo. La circulación de textos escritos en una lengua normativizada, convertida en “lengua nacional”, tiene un papel importante en el surgimiento del nacionalismo. “El medio es el mensaje”, decía McLuhan, porque la tecnología de la comunicación tiene el poder de transformar el mundo que nos rodea y de cambiar, de esa manera, lo que somos.

La tecnología digital, que hace circular enunciados instantáneamente y que nos los pone ante los ojos y los oídos en diversos soportes móviles, a toda hora y en cualquier momento, también nos ha transformado, al cambiar nuestra forma de leer. Fragmentos dispersos que saltan a la vista, rápidas ojeadas mientras estamos en el ascensor, breves lecturas interrumpidas cuando abre el semáforo, brincos de una pantalla a otra mientras intentamos concentrarnos en aquella tarea pesada de nuestro trabajo. Enunciados verbovisuales hipersintéticos, textos escritos no se sabe cuándo, ni por quién, ni dónde, ni para quién nos saltan a la cara y golpean nuestras defensas contra la mentira. El medio es el mensaje. Aquello que nunca creeríamos en la voz de un desconocido surge de la nada desde una pantalla iluminada que teníamos guardada en el bolsillo, enviado quizá por alguien de confianza (que funciona, sin pretenderlo, como fiador del mensaje), conecta directamente con nuestros deseos y nos empieza a parecer razonable. La palabra descomprometida, irónica o mordaz, se funde en un abrazo mortal con sesudos textos de análisis político o social, la parodia se confunde con la divulgación científica y el chiste obsceno se encuentra con la oración piadosa en un mismo gesto de lectura. Todo es lo mismo en ese marasmo de enunciados sin nexo.

A pesar de que acumulo años de vivencia pre-digital, no me estoy quejando, como si fuera un viejo conservador confuso ante un nuevo mundo creado por la tecnología. Sería absurdo hacerlo, porque no hay marcha atrás. Pero cuando las formas de control social son más apuradas, y nuestros datos, las informaciones sobre quiénes somos y lo que pretendemos, son mercancías al servicio de grandes multinacionales o de políticos sin escrúpulos; cuando alguien está dispuesto a comprar esa información para lanzarnos enunciados-bomba hechos a nuestra medida, para convencernos a comprar un determinado producto o a votar a un cierto candidato; cuando la tecnología está al servicio de podres poderes que nos quieren aturdidos y desorientados, la educación lingüística comprometida con la palabra responsable es fundamental. Una educación que nos ayude a leer no solo entrelíneas sino también por detrás de las líneas, como dice el profesor y lingüista catalán Daniel Cassany, que nos permita discernir en qué enunciados hay o no hay compromiso con la verdad y que levante barreras contra la mentira. Contra esa mentira insidiosa que ataca cualquier proyecto, por tímido que sea, de justicia social.