<<Somos los libros que hemos leído, pero también los libros que hemos fingido leer>>.

 

La anterior frase la leí en Twitter –no recuerdo a quién– y qué queréis que os diga, me hizo mucha gracia. Porque sí, porque parece ser que leer viste. Ahora bien, como no tienes mucho tiempo, o lo tienes, pero la pereza se apodera de él, lees poco, o directamente, nada. Por otro lado, crees que ir de leído está bien y en una reunión social, por ejemplo, ya sea de postín, ya sea de andar por casa, queda bien esa pose; ¿cómo vas a espetar a la cara de los concurrentes que no lees, así, lisa y llanamente? O peor, ¿cómo vas a proclamar que te aburre profundamente leer, que te duermes en el minuto uno y que con el libro abierto aprovechas y te arropas la tripa con él? No. Impensable. Así, cuando sale a la palestra algún tema literario, bien de plano, bien de soslayo, enarcas una ceja, sonríes, te golpeas el pecho (esto en tu imaginación, claro, pues solo faltaba), sueltas la frasecita de turno o la cita que concienzudamente te has preparado y piensas: <<Ahí queda eso>>.

Llegado a ese punto, ya todo te da igual. Te vienes arriba. Por educación, no te han sacado de la reunión por la puerta de atrás, pero tú obvias ese detalle y ahora hablas sin vergüenza alguna del libro que siempre has querido leer, y nunca has pasado de la sinopsis. Es el libro favorito de tu amigo, que te ha contado hasta la saciedad, y por eso, ladrón, te lo sabes de memoria. Y es justo en ese momento, amigo mío, cuando has tocado fondo; más bajo no se puede caer.

Nuestro protagonista es el tipo de persona que se acerca, como el que no quiere la cosa, a los grupos de turistas para beneficiarse de la explicación del monumento en cuestión que en ese momento esté ofreciendo el guía.

Leerse la Aproximación al Quijote, de Martín de Riquer, no es leerse el Quijote. Igual que ver la película Los Santos Inocentes, a pesar de la magistral dirección de Mario Camus y de la excelente interpretación de Alfredo Landa y Paco Rabal, no es leerse el libro homónimo de Miguel Delibes. De igual modo, no por ser un pícaro puedes ir diciendo por ahí que has leído El Lazarillo de Tormes.

Seamos honestos y, si estamos convencidos de que leer viste, vistámonos con ropa propia para evitar que nos quiten la ropa ajena en un lugar inapropiado.

Leer es viajar –volar–, pero cada uno se tiene que pagar su viaje.

Advertida la figura del impostor, en el próximo artículo hablaremos del verdadero protagonista de esta y de tantas y tantas historias: el libro.