Estamos en vacaciones. Aquellos 20 días preciosos en que intentamos desconectar de todo y todos.

De esta vez, estuve la primera semana en casa, mientras mi marido seguía con algunas clases.

Pero, a partir de la segunda semana, nadie debe encontrarme. O, por lo menos, no debería…

Veo que, a cada día, este desconectarse se vuelve más y más difícil. Nos encuentran por correo electrónico, por SMS o por whatsapp. Descubro, sorprendida, que todavía hay aquellos que nos encuentran por… ¡móvil! Increíble, pero las llamadas que no recibo durante el año, las he recibido todas, esta única semana.

Me doy cuenta que, por menos que nos guste, somos obligados a chequear el correo y el teléfono. Hay incluso aquel que pide perdón “sé que están en vacaciones, lo lamento, pero…” y por ahí sigue.

¿Qué hacer?

La ansiedad que veo en mis alumnos a los pocos instantes del inicio de una explicación, que anticipa las preguntas de aquello que todavía va a ser dicho en un santiamén, la veo reflejada en los adultos de alrededor, que ya dejaron de ser alumnos. ¿Sería eso? Aquel que dejó de sorprenderse por lo nuevo, que no se da el tiempo de aprender algo, ¿será ese la víctima de la ansiedad crónica que conforma nuestra sociedad?

No puedo contestar.

Sigo intentando desconectarme para volver un poco más conectada con el entorno.

¡Buenas vacaciones para nosotros!