Hace dos años, estando en Dubai, no me quise perder el típico paseo al desierto. Un ómnibus hace el recorrido por todos los hoteles recogiendo a los turistas que desean vivir su noche de Lawrence de Arabia, pero con todo confort y seguridad, ¿seguridad?

Después del último hotel, partimos rumbo al interior del país. En pocos minutos desaparecen los altos edificios, escasean las casas y quedamos sumergidos en el medio del desierto, cruzado únicamente por la línea de luces que se pierde de vista e ilumina la ruta por la que vamos. A ambos lados, el desierto que intuimos más de lo que vemos, oscuro, inmenso, majestuoso, sobrecogedor…

Por el camino no nos cruzamos con ningún otro vehículo. ¿Y si se descompone el ómnibus? Bueno, el chófer debe de tener celular. Pero, ¿habrá señal en el medio del desierto?

En un determinado momento comenzamos a ver el fin de las luces, que se acerca. La ruta termina en una bifurcación para cada lado, ambos oscuros, sin carteles.

Sin dudarlo, el chófer dobla a la derecha. Parece que sabe lo que hace. Poco a poco, vamos dejando atrás las luces y con ellas va quedando la señal del celular hasta que no hay más.

Avanzamos rápido por el desierto, guiados solamente por los faroles del ómnibus. Un pasajero, con expresión preocupada, le pregunta al chófer cuánto falta, pero la respuesta es en árabe. Obviamente, no habla una palabra de inglés.

Por fin, a lo lejos se ven unas luces… estamos llegando. Nos espera un hotel en el medio del desierto, formado por varias construcciones unidas entre sí por alfombras coloridas colocadas sobre la arena e iluminadas por antorchas. La comida es típica y algunos platos, difíciles de descifrar: ¿cuáles serán los ingredientes? Del único que no hay duda es de la pimienta. No faltó la danza de vientre y la escenificación de una caravana en el desierto asaltada por tribus nómades; parece que estamos en una película de esas que, de tan antiguas, ya ni las pasan más por la tele. Como culminación, un show de fuegos artificiales que ilumina todo en el medio de la nada. Las estrellas, disminuidas en su función, parecen desaparecer tímidamente delante de las cascadas de luces doradas de los fuegos. Una noche inolvidable.

Pero lo mejor estaba por venir. En el ómnibus retomamos el camino de vuelta a Dubai por la ruta silenciosa, acunados por los recuerdos de la escena de la caravana y confiados en la pericia de nuestro chófer. Dejamos atrás primero las antorchas del hotel y después el resplandor de sus luces en el medio de la oscuridad. El viento ha cubierto levemente de arena algunos trechos del camino. A medida que avanzamos, la arena se torna más densa y el chófer disminuye la velocidad. Nadie conversa, estamos todos atentos a las expresiones de su rostro: ¿verá el camino? ¿Cómo se orientará en el medio del desierto? Si es por las estrellas, no hay por qué ser optimista. Lentamente, continuamos nuestro desplazamiento casi suspendiendo la respiración. De repente, bien lejos, una leve claridad nos anuncia que la bifurcación está próxima. Definitivamente, Lawrence de Arabia nos guió hasta aquí.