Hola todos y todas.

Quisiera discutir en esta entrega algunas actitudes que tenemos los profesores con respecto al proceso de adquisición de lenguas adicionales y a los términos que solemos usar en nuestro día a día, a veces sin reflexionar adecuadamente sobre su valor. Concretamente, me centraré aquí en los términos y conceptos que solemos emplear para designar al hablante de una lengua que no es originalmente la suya.

Estudiante, aprendiente, aprendiz y usuario no son para nada sinónimos. Al emplear el término estudiante excluímos del marco de alcance de nuestra reflexión todo lo que esté fuera del contexto de la instrucción formal. Ya los términos aprendiz, aprendiente y adquirente a mi ver dan un matiz cognitivo a la discusión, que se desplaza desde el trillado plano del binomio “enseñanza-aprendizaje” y se mueve hacia el dominio de los planteamientos sobre procesos internos individuales vinculados a la adquisición. Se trata de procesos sutiles y fundamentales, muchas veces ignorados por la tradición pedagógica.

Ya Usuario de la lengua, a su vez, es un término amplio y menos matizado teóricamente que los anteriores. Seguramente, no puede ser empleado como sustituto automático de los conceptos supracitado, pero designa, desde un punto de vista más amplio, el mismo actor, esta vez, en su vertiente de ser social. Se trata de un concepto acorde con el desarrollo de la Lingüística Aplicada Crítica, una vertiente de la Lingüística Aplicada menos vinculada al desarrollo de técnicas y enfoques educativos y más volcada al estudio del ser social involucrado en procesos lingüísticos de contacto dentro de la misma lengua y entre lenguas distintas, y se interesa por las relaciones escolares, identidades en la escuela e identidades en contacto en procesos interculturales, entre otros temas.

¿Qué podemos aprender de estas reflexiones que puedan enriquecer nuestra práctica como profesores de español?

Dentro de este pensamiento, acorde con las prácticas lingüísticas contemporáneas, términos como ‘nativo’ pierden el sentido y lugar exclusivo de ‘dueño de la lengua’, dado que, desde esta perspectiva, una lengua ‘pertenece’ legítimamente a todos los que la emplean, ya sea por gusto o por necesidad, sean estudiantes, profesores, expertos en comercio internacional o diplomáticos. Y, desde luego, los tradicionalmente llamados “nativos”. Irrelevante también, dentro de esta concepción, es el grado de “dominio” de la lengua que exhiba un usuario. Este entendimiento de la cuestión capta, de alguna manera, la forma dinámica con la que se dan los intercambios lingüísticos contemporáneos, que son múltiples, variados, incontrolables e impredecibles.

Si damos una mirada al Marco Común Europeo de Enseñanza de Lenguas, vemos que ese es el término adoptado en la clasificación de los niveles de competencia.

El proceso de enseñanza/adquisición cada día más se perfila como parte de un universo más amplio, al que hace frente la humanidad contemporánea: el contacto de lenguas. Aunque no sea claramente perceptible para algunos, el desarrollo del término usuario supone una revolución, que echa una mirada fresca sobre los sujetos más diversos que tratan con el español y les asigna un lugar de poder dentro de la lengua, lo que tiene como resultado inmediato que los enunciados que producen cobran  legitimidad dentro de los sistemas lingüísticos y en la sociedades en las que circulan, una legitimidad que nos habían enseñado a asignar solo a los antiguos terratenientes de la lengua: los ‘nativos’, o bien a los que podían exhibir un diploma de instrucción formal en la lengua.

Saludos y ¡hasta el próximo post!