En su antología de literatura fantástica del siglo XIX, Italo Calvino recoge el curioso cuento “El país de los ciegos”, de H. G. Wells, en el que se habla de un valle aislado del resto del mundo por escarpados riscos, donde se encuentra una pequeña ciudad habitada únicamente por ciegos de nacimiento. A este lugar llega por azar un viajero cuya capacidad de ver, en ese espacio concreto, le supondrá una desventaja, una especie de minusvalía.

Pues bien: imaginemos que en esa ciudad disponen de un lenguaje escrito, basado en el relieve, que puede leerse con las yemas de los dedos, como el Braille. E imaginemos también que un sabio de aquella ciudad hubiese elaborado en su día un diccionario de su peculiar lengua… ¿Cómo serían las definiciones en este diccionario de ciegos?

Para empezar, la palabra “ciego” no existiría, pues no tendría a qué oponerse. Los pobladores del valle no se llamarían a sí mismos “ciegos”, sino “Humanos” o recurrirían a alguna otra palabra genérica. Por supuesto, tampoco encontraríamos en este diccionario las palabras “ver”, “visión”, “vista”, etc., y si alguien, como el viajero del cuento, pretendiese explicarles a los “Humanos” tales conceptos, estos los tomarían por desvaríos abstractos totalmente incomprensibles.

Elementos de la realidad como árbol, fruto, río o pez sí que dispondrían de sus correspondientes términos, pero sus definiciones sin duda serían muy diferentes de las de nuestros diccionarios: mientras los videntes asociamos muchas veces un término a una imagen, los “Humanos” recurrirían a sensaciones táctiles, sonoras, olfativas. Un río sería el tacto del río, más el sonido del río, más el olor del río.

Si este pueblo de los “Humanos” llevase mucho tiempo aislado, sin duda habría desarrollado numerosos términos para describir con sutileza los matices más mínimos de los sentidos del tacto, el oído y el olfato, hasta el punto de que un vidente tendría enormes dificultades para entender su discurso, repleto, a su entender, de desvaríos abstractos totalmente incomprensibles.

Supongamos, por último, que el viajero del relato, llamado Núñez, al regresar finalmente a su ciudad natal, Bogotá, tras largos años de cautiverio, decidiera componer un Diccionario Bilingüe Humano-Español. ¿Esta tarea sería siquiera posible? ¿Cómo traducir al Humano los colores, el resplandor del relámpago, la llama de la vela? ¿Cómo traducir al Español la voz de la madre sonriendo, el olor del amanecer, el peinar con los dedos el cabello de un muerto? ¿Hemos dado con el problema de traducción, perfectamente irresoluble? ¿La falta de experiencia personal imposibilita definitivamente la comunicación?