Supongamos que una sonda alienígena alcanza la Tierra cuando ya es demasiado tarde, algunos siglos después de la extinción total de la especie humana. Se posa en las ruinas del actual México D.F. y enseguida empieza a recabar información y a enviarla a la nave nodriza, que a su vez la reenvía a su planeta de origen a través de un atajo en el espacio-tiempo.

Meses después, los científicos de aquel planeta ya analizan los ingentes volúmenes de información llegados de la Tierra, y no tardan mucho en encontrar la primera confirmación de vida inteligente. Se trata de una inscripción en un muro medio derruido que dice: Juana ♥ Tomás.

El descubrimiento es colosal. Señala el principio de una nueva era en la historia del planeta alien, trastocando por completo su visión previa del universo. Un ejército de arqueólogos robot es enviado al planeta recién descubierto. Una legión de estudiosos pasa a dedicarse en exclusiva al análisis de los datos asombrosos que llegan sin cesar. Trabajosamente, a partir de documentos hallados por doquier que asocian imágenes con símbolos, comienzan a reconstruir, descifrar y diferenciar las principales lenguas de la Tierra. Mucho empieza a conocerse sobre el nuevo mundo muerto pero, curiosamente, la Evidencia I, la pequeña inscripción “Juana ♥ Tomás”, sigue resistiéndose a la interpretación.

El símbolo central y aislado de la Evidencia I, “♥”, abundantísimo en los documentos del la Tierra, deja a los investigadores perplejos: no representa un sonido como el resto de los once símbolos (el ser humano era capaz de emitir una considerable variedad de sonidos gracias a la asombrosa movilidad y plasticidad de la parte inferior de su cabeza, algo espantoso de ver las primeras veces), sino que reproduce de forma esquemática un órgano, el “corazón”, que bombea “sangre” a todo el cuerpo, un humor esencial para la vida.

Se documenta en español toda una serie de usos incomprensibles del término “corazón” que pueden arrojar alguna luz sobre la Evidencia I: “¿Qué quieres, corazón?”, “corazón partido”, “lo dijo de corazón”, “se me encoge el corazón”, “prensa del corazón”, “guardar unas palabras en el corazón”.

Un célebre lingüista alienígena de nombre irreproducible aventura la hipótesis de que el corazón de “Juana ♥ Tomás” hace las veces de nexo o conjunción, indicando un vínculo entre los dos individuos, lo cual será parcialmente confirmado con el paso del tiempo.

Finalmente, un investigador de la medicina terrestre parece encontrar la respuesta: hasta el siglo XVIII, los médicos consideraban que el corazón era el centro de las sensaciones afectivas, una idea falsa originada muchos cientos de años antes y ya sugerida por Platón, que fue uno de los sujetos más influyentes de la Historia Humana. Posteriormente, la medicina pasó a situar todas las emociones en el cerebro, pero muchas lenguas y culturas de la Tierra mantuvieron la huella de la creencia anterior a modo de metáfora de enorme vitalidad: ya nadie creía que se amaba con el corazón, pero culturalmente se seguía fingiendo que así era.

El secreto de la Evidencia I parecía por fin desvelado al cabo de muchos años, pero las preguntas no dejaban de surgir: ¿Quién era Juana? ¿Quién era Tomás? ¿Por qué Juana escribió ese mensaje en la vía pública? ¿Qué sensación específica simbolizaba aquel corazón?

Fueron pasando los siglos, y no cesaban las reflexiones alienígenas sobre aquellos once símbolos que parecían no tener fondo. De todas las obras humanas, nada fue tan estudiado ni tuvo tanta trascendencia como la declaración de amor de Juana.