Historias del traductor jurado o no

  1.  Recibo un texto técnico relativo a un puente que se ha de construir en Perú. Lo escribió un ingenioso ingeniero (la aliteración es intencional) de esos que preguntan: “¿Para qué aprender gramática si voy a ser ingeniero?” Más tarde, al ser ingeniero, escribe jerigonzas ininteligibles, sin verbos, sin concordancia, sin plurales, y el “estúpido” traductor que las traduzca.
  2. Recibo el certificado de defunción de un anciano que murió en el hospital tal, a tal hora. El médico de turno informó la causa mortis: ɞɟɠɣɤɧɯae ɯʓʝʤʩ aguda.
  3. Otro médico recetó un medicamento para un paciente: prxmmmmxina. (En ese caso hubo que volver a la clínica y preguntar qué significaba aquel jeroglífico, porque ni el de la farmacia lo entendió).
  4. Pero lo peor son los abogados. No quieran traducir peticiones de abogados. Escriben bien, data venia, pero no se entiende nada. No, no, no hace falta conocer las leyes para no entender qué escriben. Es que simplemente no se entiende y punto. Hay que resignarse.

¿Por qué sigo haciendo traducciones si es tan engorroso? Porque cada día es un reto, un estímulo, una incitación. Y cuando encuentro una forma adecuada de traducir, una palabra cabal, una frase “redonda” para cierto contexto, la alegría es inmensa. Salto alrededor de la mesa: “¡eso, eso, eso!”.

Desde luego, tales hallazgos no ocurren a cada rato, por eso los sigo buscando.

Puedo hablar así porque me refiero a traducciones por escrito, para las que me dan un tiempo para pensar. ¿Y los que traducen películas y no tienen tiempo para buscar “la mejor forma de decir tal frase”? Los admiro, pero supongo que por eso vemos tantos errores en los subtítulos. Ni hablar de las traducciones simultáneas… en otro momento me referiré a esto.