Hace poco tiempo traduje del rumano al portugués la novela “Por dois mil anos” (De două mii de ani) del dramaturgo rumano Mihail Sebastian (1907-1945). Es la historia autobiográfica de un estudiante judío en la Rumania antisemita de los años 1930.

Es una obra amena, no de esas que salpican sangre, y al mismo tiempo aguda y perspicaz en sus relatos sobre los conflictos políticos y sociales en un país dividido entre tendencias comunistas, fascistas, nacionalistas, semitas, antisemitas, cristianas, bohemias, existencialistas y otras. En la obra hay representantes de todas esas tendencias y eso la enriquece sobremanera.

Escrita en 1934, la obra presenta, desde luego, el lenguaje de la época, por lo cual tuve que optar entre ser “fiel” a ese lenguaje o adaptarlo a formas más modernas.

Mi opción fue la segunda.

Pongo como ejemplo el uso de los pronombres de tratamiento. En rumano solo se usa “tú” en casos de gran amistad. De lo contrario, se usa dumneata (menos formal) o dumneavoastră (más formal), que equivalen -más o menos- a Usted. En portugués equivalen a “O senhor”, o también a “Vossa Senhoria”.

Pensando en el lector brasileño, opté por usar “você” en la mayor parte de los diálogos entre jóvenes estudiantes y compañeros de trabajo, y “o senhor” para diálogos con los profesores y jefes.

Además adopté expresiones coloquiales actuales tales como “tudo bem”, “e aí, cara?” etc., que le dio un sabor realista al texto.

Otro aspecto interesante en las obras ambientadas en países lejanos es la referencia a lugares y a personajes desconocidos del público brasileño. ¿Qué hacer? ¿Ignorarlos y dejar libre al lector para buscar las referencias, si lo desea? ¿Explicarlos y llenar la edición de notas aburridas?

Nuevamente mi opción fue le segunda, pero con mucha parsimonia.

Puse Notas del Traductor para situar a un personaje histórico o una obra importante, un punto geográfico y algunos otros datos que el libro no permitía inferir. Desde luego, tuve que elegir, de modo más o menos subjetivo, qué notas explicativas eran necesarias y cuáles no hacían falta.

Algún tiempo después, ya con el libro impreso, pregunté a un lector brasileño qué le había parecido la obra: “Parece que ha sido escrita en portugués”, contestó.

Fue el mejor elogio que un traductor puede recibir.