Vivimos tiempos sombríos en Brasil. Tiempo de mentiras, de fake news, de amenazas a grupos socialmente minorizados. Tiempo de peleas justas y de muchas palizas injustas. Tiempo de ataques a la educación pública.

Las universidades, en especial, las atacan de forma cruel. Usan criterios equivocados para probar que son costosas. Hacen unos cálculos de cuanto se “gasta” por estudiante, como si en la universidad hubiera solamente enseñanza de grado. En esa cuenta “olvidan” todas las demás actividades universitarias: investigación, extensión, formación de investigadores y formación continuada de los más diversos profesionales.

Estoy muy preocupada. Tengo miedo. Miedo por mí y por todas las mujeres, por mis amigas/os negras/os y LGBTI, por los pueblos originarios, por las/los inmigrantes. Tengo mucho miedo.

También tengo miedo por el español. Después de la MP 746/2016, que se convirtió en la Ley 13.415/2017 e impuso el inglés como única lengua adicional de la Educación Básica por primera vez en la historia de Brasil, nos había quedado, por lo menos, el derecho a la investigación, la extensión y la formación continuada. Ahora hay el riesgo de que nos quedemos sin nada.

Tiempos sombríos…

Pero si nos queda algo o si todo cambia, el contexto actual nos muestra que lo que siempre hemos defendido es el camino necesario para la educação linguística; que la criticidad, especialmente, la lectura crítica, debe estar presente como protagonista en las clases de lenguas. La política también. Y aquí no me refiero a partidos políticos, evidentemente, sino a discusiones sobre temas de relieve para la sociedad, la defensa de derechos humanos y de los grupos minorizados.

Estos tiempos sombríos nos prueban que educar es mucho más amplio e mucho más importante que enseñar un listado de contenidos.