Uno de los temas tratados en nuestro curso de formación de profesores se refiere a los contextos o entornos de aprendizaje. En ese momento, interesa reflexionar acerca de las múltiples dimensiones que hay que tener en cuenta al enseñar una lengua. En el caso del contexto, recuerdo, por ejemplo, la diferencia entre lengua extranjera y segunda lengua. Aunque se admita como bastante difundida esa distinción (entre otras), en los cursos de formación no me parece tan evidente y tan lógicamente establecida y, por lo tanto,  es importante fijarnos en lo que suponemos sea indudable o transparente, ya que, muchas veces, no es exactamente así. De ese modo, me parece fundamental que los futuros profesores reflexionen sobre los procesos de aprendizaje, la visión de aprendizaje y su relación con los entornos, y que lo hagan teniendo en cuenta el contexto escolar en el que van a actuar. En otros términos, me parece que algunos términos, aunque sean corrientes en nuestro campo de actuación, no son transparentes y merecen una reflexión más amplia, un replanteo de sus acepciones. De ese modo, hay que valorar en la formación de profesores no la asimilación de conceptos o la repetición de términos claves, sino más bien su relación con la futura práctica en entornos concretos, como es el caso de la enseñanza básica y escolar de nuestro país, región o ciudad. Así, no basta con decirles a los futuros profesores que la diferencia entre lengua extranjera y segunda lengua se debe a la función comunicativa que cumple el idioma en dicha comunidad. El empleo de tales dicotomías sin un análisis más profundizado puede contribuir, de forma equivocada, con una comprensión reduccionista de  la compleja realidad del aprendizaje de lenguas y de su relación con los distintos entornos en que ese se concreta. Además, por una parte, cuando enfatizamos esa relación, se nos ocurren unas cuantas preguntas y unas cuantas inquietudes como, por ejemplo, que el término ‘extranjera’ sugiere una distancia entre las lenguas y nos remite a un ámbito formal, institucional, reglado. De modo análogo, nos remite al ámbito de los contenidos, de la planificación, de la instrucción, a determinados roles que deben cumplir profesores y alumnos. Por otra parte, el término segunda lengua nos sugiere usos del tipo espontáneo, foco en la comunicación, menos control. Sin embargo, si pensamos que en ambos casos hay un sujeto, quizá logremos trascender ese dualismo y nos fijemos en los diversos procesos que subyacen al aprendizaje en distintos entornos y veamos que  más que una distinción basada en funciones comunicativas que cumple la lengua, hay que considerar cómo los sujetos aprenden otro idioma en determinados contextos, en qué condiciones y en qué contextos (presenciales o virtuales), con qué tipo de mediación y qué importancia se le concede al sujeto que aprende. Desde ese punto de vista, por lo tanto, interesa comprender cómo se interrelacionan esas dimensiones en una situación del tipo reglada, en la que se insiere la lengua en las escuelas.