En una publicación anterior (el post de septiembre de 2015), ya me referí a los alumnos que tardan en empezar a hablar español y que, durante los primeros meses de clases, se expresan en su perfecto portugués, dejando el español en la boca del profesor que, por momentos, se pregunta “¿qué estoy haciendo acá?”.

Sin embargo, esos alumnos terminan hablando más temprano o más tarde, generalmente, como producto de muchos estímulos y de un momento en que, como dijimos, los conocimientos comienzan a “cristalizarse”, las palabras se conectan y las frases surgen.

La vuelta de las vacaciones nos trae alumnos dispersos, con el cuerpo en el trabajo pero la cabeza a kilómetros de distancia. ¿Y el español? Un poco olvidado, menos presente que el año pasado. Las vacaciones –también las simples inasistencias a clase– traen un pequeño retroceso en el desarrollo del idioma, nada grave ni insuperable en un par de clases.

¿Cómo solucionar este problema? Lo mejor es empezar con una exposición a la lengua con el mejor recurso didáctico que tenemos a disposición: los videos. Elegimos un tema leve: turismo, comidas, amenidades constituyen una eficiente transición para una cabeza que está lejos, pero dentro de un cuerpo que ya volvió.

Sin embargo, todas las reglas tienen excepciones. Al retomar este año las clases con uno de mis alumnos, persistente usuario del portugués a pesar de mis esfuerzos, después de más de un mes sin vernos, empezamos viendo un video que le daría contenidos y volvería a introducirlo en el camino a nuestra meta, según mis previsiones. Pero al terminar el video, he aquí que mi alumno empieza a hablar prácticamente todo en español, describiendo lo que vio, expresando opiniones con una cierta complejidad y emitiendo juicios de valor sobre el tema. Menuda sorpresa me llevé. ¿Qué pasó? ¿Los conocimientos de todo el tiempo de las clases resurgieron mágicamente después de las vacaciones? ¿Los contenidos decantaron y se cristalizaron durante la pausa? ¿El descanso ayudó en este proceso? Realmente, no tengo la respuesta. Pero de una sola cosa no tengo dudas: el mérito no es mío.