A poco que investiguemos sobre Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), la escritora mexicana más importante de todos los tiempos y una de las poetas más célebres en lengua castellana, nos llamará la atención una curiosa anécdota que se cuenta sobre su adolescencia:

La poeta no pasaría de los diecisiete años cuando el marqués de Mancera, virrey de México, quiso poner a prueba los vastos conocimientos de la muchacha, para lo que convocó a cuarenta sabios especializados en las más diversas materias. Ante el asombro de toda la corte, la jovencita supo responder a todas las preguntas que se le formularon, inclusive las más delicadas y complejas, apuntalando su leyenda.

Convengamos que esta estupenda historieta, que se replica sin cesar en internet en páginas de todo tipo, huele a ficción de lejos. Es raro que la vida real ofrezca narrativas tan redondas y maravillosas. Además, esta anécdota de la vida de Sor Juana coincide admirablemente con un antiquísimo cuento de origen árabe que gozó de enorme popularidad en siglos pasados y que llegó a adaptarse a la literatura de cordel en el nordeste brasileño: la historia de la Doncella Teodor, que ya abordamos en otro lugar.

Las primeras versiones de este cuento oriental, que acabaría recogido en Las mil y una noches, datan del siglo IX, se sitúan en Bagdad, y tienen por protagonista a la esclava Tawadud. Este relato de la tradición oral árabe llegaría a Al-Ándalus, y de allí pasaría al folclore castellano. En su versión medieval, que es la que se extendería hasta el siglo XX, la historia se desarrolla en Túnez y la protagoniza una esclava oriunda de Castilla: Teodor. Esta joven doncella, que ha sido educada en todas las artes y saberes de su tiempo, se ofrece a ayudar a su amo arruinado con una treta: le propone que ofrezca su venta al sultán por un precio exorbitado, de manera que despertará su curiosidad hasta el punto de que este querrá comprobar la sabiduría de la muchacha en una suerte de justa de conocimientos. Así se hace, y la doncella Teodor derrotará a los tres mayores sabios del país respondiendo a una larga serie de preguntas y oscuros acertijos sobre asuntos muy diversos.

Otros, como el investigador Jesús David Jerez-Gómez, ya vieron antes la conexión entre Sor Juana y la Doncella Teodor, pero, a pesar del evidente vínculo entre ambas mujeres sabias, no se llega a negar la veracidad del episodio protagonizado por Sor Juana en su adolescencia.

Indagando un poco más, descubro que el origen de esta anécdota es la primera biografía de Sor Juana, escrita por el jesuita Diego Calleja a modo de introducción del tercer tomo de las obras de la mexicana, titulado Fama y Obras Posthumas (Madrid, 1700). Acudo a la versión digitalizada de esta obra y leo que Calleja, al recoger la anécdota en su “Aprobación”, menciona su fuente: fue el propio virrey Mancera, aún vivo en el momento de la publicación,  quien le contó personalmente, dos veces, esta historia. De las palabras del jesuita también se desprende su prevención ante el carácter asombroso y extraordinario -difícilmente creíble- de lo que va a narrarse: “Aquí referiré con certitud no disputable (tanta fee se debe al testigo) un sucesso, que sin igual apoyo le callara, o por no asospecharme de apasionado crédulo, o por limpiar de dudas lo que he dicho, y me resta”.

Llegados a este punto, caben dos conclusiones posibles, una más sorprendente que la otra:

La primera es que la anécdota no ocurrió en realidad, y que el marqués de Mancera, virrey de México, “enriqueció” la biografía de Sor Juana creando una versión actualizada de la leyenda de la doncella Teodor, situándola esta vez en el México del siglo XVII y dándole a Juana Inés de Asbaje el papel protagonista.

La segunda posibilidad habría hecho las delicias de Borges: la justa entre Sor Juana y los sabios fue real y, al igual que aquellos duques que lo dispusieron todo para que don Quijote y Sancho vivieran como en una novela de caballerías, el marqués de Mancera habría seguido otro modelo literario muy popular y habría hecho realidad, en el México del XVII, un cuentecillo maravilloso surgido en Bagdad ochocientos años antes.

Tanto en el primer caso como en el segundo, parece que el virrey de México exageró un poquillo en el número de sabios…