Reconozco que el tema, una vez más, me enciende. Y es que me tendréis que perdonar pero no sé escribir sobre temas que pasen delante de mí sin pena ni gloria.

Que el lenguaje es sexista, dicen, por machista, dicen, y para paliarlo, no se les ocurre otra cosa que malearlo y violentarlo acometiendo sobre él giros imposibles. ¡¡Ole ahí la portavoza!!

La primera incongruencia que cometen quienes arguyen esa idea es, precisamente, forzar la lengua cual contorsionista en plena función con el fin de despojarla del machismo que riega la lengua materna, ¿y por qué no paterna?

Veo preciso afirmar en este momento que no quiero entrar en disquisiciones sociológicas, culturales o históricas sino simplemente ceñirme al ámbito lingüístico, pues al fin y al cabo es el que nos ocupa.

Convengo con la corriente defendida por estas voces críticas en que el diccionario recoge entradas con acepciones de neutralidad dudosa ―y no dudosa―, cierto es. Pero hete aquí que los académicos no se inventan el contenido del diccionario sino que constatan el uso de la lengua que se da en la calle.

Por otro lado, están los que tienen un micrófono, una cámara enfrente o, peor aún, representación parlamentaria y alegremente se erigen en defensores de un lenguaje no sexista consiguiendo con ello un lenguaje grotesco, farragoso y desprovisto de toda lógica lingüística.

Si ya seguir el discurso de un político me parece una actividad tediosa que raya en el castigo, de un tiempo a esta parte se hace insoportable, a mi juicio, debido a tanto desdoblamiento imposible. Verbigracia:

<<Diputados, diputadas, señores, señoras, miembros y miembras todos y todas que tenemos el deber de gobernar para los hombres y las mujeres, niños y niñas […]>>.

No sigo porque no tiene sentido.

Ya que creen necesario este artificio en el lenguaje para sortear el machismo que según ellos atesora, que sean inteligentes y, en aras de una comunicación más fluida, utilicen palabras como población, bebé, profesional, víctima, agente, modelo, deportista, conserje, etc. Sustantivos comunes y epicenos para evitar el desdoblamiento de género inverosímil e impertinente que sus señorías han traído a nuestros oídos. El último ejemplo, por cierto, conserje, fue maltratado públicamente por una alcaldesa, de cuyo ayuntamiento no quiero recordar, que micrófono en mano espetó un conserja y no se puso ni colorada.

Otro ejemplo al que nos lleva esta corriente asentada en las instituciones públicas lo sufrí en una jornada que organizó la Delegación de Cultura del mismo Ayuntamiento para profesores, profesoras* y personal de la comunidad educativa del municipio en general. Transcribo lo que escuché:

<<Cuando cada ahijado o ahijada tenga a su padrino o madrina, los niños y niñas eligen qué libro habrán de llevar posteriormente a sus padres y madres […]>>.

¿Es sexista la lengua? No. La lengua plasma la realidad y nosotros hacemos esa realidad, luego seremos nosotros, en todo caso, los sexistas. Pero voy más allá y delimito las responsabilidades, pues hay que ser muy obtuso para ver sexismo donde solo hay una marca de género, que puede ser tanto masculino como femenino y será el contexto quien lo determine.

*¿Alguien piensa que si no apareciera la forma femenina profesoras las mujeres que se dedican a la docencia tendrían vetada la entrada…?

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