Hoy no vengo a hablar de mi libro. Y desde ya  pido disculpas por el tono desabrido que pueda emponzoñar la pureza de este folio ahora en blanco.

Situémonos y pongamos negro sobre blanco una serie de afirmaciones irrefutables; el panadero hace pan, el pintor pinta y el editor edita. ¿Sí? La diseñadora diseña, el maquillador maquilla y el traductor traduce. Nada nuevo bajo el sol.

Bien es cierto, por otro lado, que corren tiempos en que la multidisciplina gana adeptos y el encasillamiento hoy es un mal compañero; te pone una  zancadilla, te empuja y te saca de la foto o bien te saca, pero despeinado.

Ahora prima emular al gran Cyrano de Bergerac y todos somos filósofos, poetas, espadachines y dramáticos y músicos y también matemáticos. Podemos imitar a nuestros renacentistas cuales Leonardos o Michelangelos, podemos tocar varios palos, de acuerdo, y podemos, incluso, formarnos en esos palos y desarrollarlos con aceptable destreza. Podemos… ¡de acuerdo!

Pero seamos humildes porque sí y porque además, ser humilde es, aunque no lo parezca, gratis. Si yo soy, por ejemplo, no sé, mecánico y me da por pintar, no puedo ir de pintor por la vida —de brocha gorda o de brocha fina, tanto da—. Podré decir que me gusta pintar, que me relaja, que me hace bien… Podré decir que me noto diestro y que me manejo bien en el nuevo arte para mí encontrado… lo compro. Pero no vayamos de superpintores, por favor.

Pues bien, ahora traslademos este fenómeno a la escritura para toparnos de frente con los nuevos escritores. Estos neoescritores, ¡ay, mísero de mí, y ay, infelice!, ahora tienen el trampolín perfecto, la palmadita en la espalda, la plataforma idónea, la rampa de lanzamiento pintiparada, los tacos de salida colocados para postularse desde el sofá como flamantes escritores. Empezaron a golpe de tuit, o antes, pero ahora se extienden por donde quiera que vayas o por donde quiera que leas.

Escribir un tuit, por ocurrente que sea, no te convierte en escritor. Tener un blog, por moderno que sea, no te convierte en escritor. Ser famoso y salir en la tele, ¡vive Dios!, no te convierte en escritor. Y digo más, atentos; escribir un libro, no te convierte en escritor. Que con el diccionario en la mano, sensu stricto, sí, de acuerdo, pero eso no lo compro.

No quiero señalar a nadie porque no viene al caso y nada aportaría a estas letras, pero me niego a llamar escritor a un hijo de (madre cantante); me niego a llamar escritora a una famosa de profesión presentadora pero metida a escribidora que, para mayor vergüenza y mayor escarnio, manchó su libro con manos ajenas y, además, bajo la fina técnica de corta-pega más plagio.

Libros, estos, que más que alimentar y enriquecer cualquier biblioteca, se convirtieron desde el minuto uno de su publicación, ajenos ellos, pobrecitos, en compañeros indeseables de otros congéneres suyos.

Seamos cautos, pues, y no nos proclamemos escritores cuando, sencilla y llanamente, no lo somos.

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