Leyendo las dos últimas publicaciones de mi colega de blog, Gloria Cortés Abdalla, me quedé pensando en varias de sus certeras opiniones: “Algunas escuelas de idiomas proponen que el profesor siga un libro texto, lo que puede ser un poco complicado para algunos alumnos, aunque facilite la manutención de una organización…” y “Simplemente seguir un libro puede resultar fastidioso para algunos alumnos”. Concuerdo totalmente con Gloria y, por ello, quise abordar el mismo tema para comentar mi experiencia sobre el asunto.

Cuando la escuela “propone” (se trata de un “proponer” que estaría más cerca de “imponer”) un determinado libro, el alumno que es un ejecutivo no se muestra muy predispuesto a aceptarlo. Creo que influyen varios factores: por un lado, vuelve a sentirse estudiante como en la época de la escuela, cosa que lo retrotrae a una etapa anterior de su vida que no tiene nada que ver con la actual –aquí probablemente entran en juego los sentimientos y reacciones que tenía en su momento frente a las imposiciones didácticas y no didácticas del colegio al que iba y que, si no fueron realmente agradables, van a generar una identificación negativa– y, por otro lado, se sienten un poco atados en un momento en que el mercado de trabajo les vive diciendo: innova, sé creativo, sal de los parámetros, rompe los paradigmas. Personalmente, he tenido alumnos que me han pedido que, por favor, no usemos el libro, que vayamos haciendo clases de conversación y que los vaya corrigiendo a medida en que hablamos, intercalándoles los contenidos que me parezca que necesitan. Convengamos que es una propuesta mucho más fácil de aceptar como profesor independiente que como profesor de una escuela en la que se deben cumplir niveles, plazos y pruebas para obtener un certificado e hacer informes periódicos al departamento de Recursos Humanos. Esa sola rutina escolar ya sirve para erizar a los alumnos directivos de empresas. Cuanto mayor en edad es la persona y mayor es el cargo, por lo general, más rechazo genera ese esquema.

Tampoco podemos dejar de lado que el libro constituye un ancla para el profesor para establecer una secuencia de los contenidos que va a dar. Pero con el ancla en el fondo del mar, el barco no navega. Entonces, ¿qué hacer? Lo mejor, en mi opinión, es tomar un par de libros de cabecera en los que pautarnos para seguir una progresión adecuada de contenidos y temas, de preferencia, dos libros de orientaciones diferentes, por ejemplo, uno de tendencia funcional y comunicativa o, eventualmente, de enseñanza por tareas y, otro que puede ser un poquito más gramatical, e integrarlos. También me parece que podemos hacer un mix temático: un libro con temas generales, de actualidad, destinado a cursos para cualquier público, y el otro de español de los negocios, más próximo de las necesidades específicas de los cursos en empresas. Como corolario, podemos resumir que debe haber un equilibrio entre libros, contenidos y temas, así como, aunque el alumno precise de herramientas para el mundo del trabajo, no debemos olvidarnos de que este también involucra una parte social de convivencia con jefes y pares, para la cual necesita herramientas, vocabulario y temas de conversación fuera del ámbito estrictamente laboral para desempeñarse en cenas, eventos y momentos previos y posteriores a una reunión.

Por fin, el curso no puede resumirse a un par de libros, por más que traten temas muy variados. El mundo es muy dinámico y el alumno precisará, por ejemplo, explicarles a los ejecutivos extranjeros qué está pasando en Brasil en este momento, qué perspectivas políticas y económicas tenemos por delante que van a influir en los planes estratégicos de la empresa, qué sucederá si se elige a uno u otro candidato a presidente, etc. y, para ello, va a necesitar trascender el ámbito de los materiales didácticos. Lo mejor a usar son videos de internet que debemos seleccionar en función de la coyuntura política y económica, de las noticias que salen, de los intereses del alumno –aspecto este que también destacó mi colega Gloria– y de todo aquello que sirva para contextualizar esas informaciones. Por experiencia, creo que dedicar una parte de la clase a verlos juntos, comentarlos y extraer las principales informaciones que pueden serle de utilidad al alumno debe ser una tarea fundamental de la clase y no solamente los últimos diez minutos para cumplir el horario de la clase o para que el alumno se relaje porque está cansado. Deben formar parte esencial –tanto en adecuación del material como en el tiempo que se les dedique– del proceso de aprendizaje de forma tal que nuestros alumnos se acostumbren a poder y saber hablar en español de cualquier tema de actualidad.